la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa —que le contemplaba con ojos sin mirada— estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.