Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la angustiaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía torturarla continuamente. En mitad de los más dulces tránsitos amorosos se sentía asustada, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: “¡No, nunca, nunca!”.