un hombre que todas las imaginaciones, desde las que tiritan en Groenlandia hasta las que sudan en Nueva Inglaterra, imaginarán a través de esta frase: era un hombre desgraciado. Tras estas palabras, todo el mundo lo adivinará, se lo representará según las ideas particulares de cada país. Pero ¿quién se figurará su rostro blanco, arrugado, rojo en sus extremidades, y su barba larga? ¿Quién verá su corbata amarillenta en forma de cuerda, su cuello de camisa grasiento, su sombrero raído, su levita verdosa, su pantalón lamentable, su chaleco acartonado, su alfiler de corbata de oro falso, sus zapatos embarrados, cuyos cordones habían chapoteado en el fango? ¿Quién lo comprenderá en toda la inmensidad de su miseria presente y pasada? ¿Quién? Solo el parisino. El hombre desgraciado de París es el hombre desgraciado completo, pues todavía encuentra alegría para saber lo desgraciado que es.