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Pascal Quignard

El amor el mar

A mediados del siglo xvii, el reino de Francia se ve sacudido por las epidemias, las protestas de los hambrientos, las piras de los renegados y las revueltas contra el poder monárquico, mientras toda Europa malvive devastada por unas guerras de religión que duran ya décadas y parecen interminables. Sobre este escenario dantesco, la música aparece como refugio de lo sublime. En el centro, Johann Jakob Froberger, organista, clavecinista y compositor alemán que estudió con Frescobaldi en Roma y a quien Bach reconocía como su maestro. Y junto a él Monsieur de Sainte-Colombe, que nunca quiso que su música se publicara; John Blow, que sería maestro de Henry Purcell; o la princesa Sibylle de Wurtemberg, alumna de Froberger, a quien invita a pasar sus últimos años retirado en su castillo. Y otros personajes de ficción, como el compositor y virtuoso del laúd y la tiorba Lambert Hatten, y la maestra de la viola Thullyn, que vivirán la historia de amor que vertebra la novela. Con todos ellos, Pascal Quignard teje un mundo que se encamina a su fin, el del barroco. Y lo hace con escenas bañadas en la luz de los cuadros de Georges La Tour o de los grabados de Jean Baptiste Bonne Croix. El resultado es un himno a la belleza inextinguible de la música, del mar y del amor.
298 páginas impresas
Publicación original
2023
Año de publicación
2023
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Citas

  • Ana Luelmocompartió una citahace 4 años
    como única compañía, las nubes, porque se van.
  • Shurbulcompartió una citahace 8 meses
    VI

    El mar de Mármara

    1. La mano de cartas

    Monsieur Froberger podía pasarse horas ante sus cartas. Podía pasarse horas lanzando unos pequeños dados de marfil sobre el tapete de juego. Podía pasarse horas sin decir palabra, sin moverse, sin salir para orinar, sin parpadear, sin estremecerse, sin demostrar la menor impaciencia, mientras esperaba que la suerte le hiciese una señal. Se pasó la vida acechando un acontecimiento que no podía prever pero que lo pondría todo patas arriba, que hechizaría las horas, que confirmaría todos los deseos que le obsesionaban, los cuales muy raramente desembocaban en nada relacionado con la realidad de a diario. El juego ofrece ese espacio, y, en cada distribución de una baza de cartas, hace renacer esa esperanza. No es exactamente una plegaria: es la espera en estado puro. Froberger era extraordinariamente supersticioso. A esas horas inmóviles se las llama paciencias. O también se las llama solitarios.
  • Alfonso Velascocompartió una citahace 3 años
    Y acaso es maravilloso que todo aquello que constituye el meollo de la existencia se nos oculte.

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