El cerebro del niño, Daniel Siegel
Daniel Siegel

El cerebro del niño

243 páginas impresas
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«Daniel Siegel y Tina Payne Bryson han escrito una guía magistral y fácil de leer para ayudar a desarrollar la inteligencia emocional de los niños. Este brillante método convierte las interacciones cotidianas en valiosas oportunidades para moldear el cerebro. Cualquiera que se preocupe por los niños –y que quiera a un niño— debería leer El cerebro del niño».Daniel Goleman, autor de Inteligencia emocional

«Una completa guía que, desde un riguroso enfoque científico, descubre a los progenitores las oportunidades que diariamente les brinda una situación o una simple conversación para ayudar a sus hijos, de 0 a 12 años, a integrar todas las experiencias –buenas y malas— en su desarrollo vital y aprender de ellas para formarse como adultos.» Faro de Vigo

Tu hijo de dos años tiene una rabieta en una tienda. Tu hijo de cuatro se niega a vestirse. Tu hijo de quinto curso está de suplente en el banquillo, enfurruñado, en lugar de jugar en el campo. ¿Acaso los niños conspiran para que la vida de sus padres sea un desafío continuo? No, lo que pasa es que su cerebro en desarrollo lleva la voz cantante. En este libro innovador y práctico, el neuropsiquiatra Daniel J. Siegel y la experta en educación infantil Tina Payne Bryson desmitifican las crisis y los conflictos, explicando los nuevos conocimientos científicos sobre cómo está constituido el cerebro infantil y cómo se desarrolla. Aplicando estos descubrimientos al día a día, es posible convertir conflictos, discusiones o miedos en una oportunidad para integrar el cerebro del niño y ayudarlo a ser una persona responsable, afectuosa y feliz. En El cerebro del niño padres y educadores tendrán a su alcance pautas claras para entender y manejar los distintos conflictos propios de los niños en función de cada edad, así como herramientas para resolverlos y ayudar a la familia a progresar.
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jimmycaal
jimmycaalcompartió su opiniónhace 3 años
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¡Excelente libro !

karenclaussen
karenclaussencompartió su opiniónhace 6 meses
👍Me gustó

Mily Siete
Mily Sietecompartió una citael mes pasado
Un día Marianna recibió una llamada informándole de que su hijo de dos años, Marco, había sufrido un accidente de tráfico con su canguro. Marco se encontraba bien, pero la canguro, que conducía, había sido trasladada a un hospital en ambulancia.

Con el alma en vilo, Marianna, directora de una escuela primaria, acudió a toda prisa al lugar del accidente, donde le explicaron que la canguro había sufrido un ataque epiléptico mientras conducía. Marianna encontró a su hijo en brazos de un bombero que intentaba en vano tranquilizarlo. Lo cogió y el pequeño se calmó en cuanto ella empezó a consolarlo.

Cuando Marco dejó de llorar, contó a Marianna lo sucedido. Empleando el lenguaje de un niño de dos años, que sólo enten­dían sus padres y su canguro, Marco repetía una y otra vez la frase «Ia uuuh uuuh». «Ia» era su manera de llamar a Sophia, su querida canguro, y «uuuh uuuh» era su versión del sonido de la sirena del coche de bomberos (o, en este caso, una ambulancia). Diciendo repetidamente a su madre «ia uuuh uuuh», Marco se centraba en el detalle de la historia que más le importaba: se habían llevado a Sophia, separándolo de ella.

En una situación así, muchos sentiríamos la tentación de asegurar a Marco que Sophia se pondría bien y luego dirigiríamos la atención de inmediato a otra cosa para que el niño dejara de pensar en lo ocurrido: «¡Vamos a por un helado!». En los días posteriores, muchos padres evitarían hablar del accidente para no alterar al niño. El problema con el planteamiento «Vamos a por un helado» es que el niño se queda confuso acerca de lo sucedido y el porqué. Sigue presa de emociones terroríficas e intensas, pero no se le permite enfrentarse a ellas (ni se lo ayuda a hacerlo) de una manera eficaz.

Marianna no cometió ese error. Había asistido a las clases de Tina sobre la paternidad y el cerebro, y enseguida dio buen uso a lo aprendido. Esa noche, y a lo largo de la siguiente semana, cada vez que los pensamientos de Marco lo llevaban a recordar el accidente de tráfico, Marianna lo ayudaba a contar la historia una y otra vez. Le decía: «Sí, Sophia y tú tuvisteis un accidente, ¿eh que sí?». Entonces Marco abría los brazos y los sacudía, imitando el ataque de Sophia. Marianna seguía: «Sí, Sophia tuvo un ataque y empezó a temblar, y el coche chocó, ¿no es así?». La siguiente intervención de Marco era, claro está, el familiar «Ia uuuh uuuh», a lo que Marianna contestaba:
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Jessica Zaratecompartió una citahace 2 meses
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Anabel M Ortegacompartió una citahace 3 meses
Como padres, estamos programados para intentar proteger a nuestros hijos de todo sufrimiento y dolor, pero en realidad eso es imposible. Nuestros hijos se caerán, se sentirán heridos y sufrirán miedo, tristeza y enfado. De hecho, a menudo estas experiencias difíciles son las que les permiten crecer y descubrir el mundo. En lugar de intentar ahorrarles las dificultades inevitables de la vida, podemos ayudarlos a integrar esas experiencias en su visión del mundo y a aprender de ellas
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