Citas de “El cerebro del niño” de Daniel Siegel

Mily Siete
Mily Sietecompartió una citahace 6 días
justo detrás de la frente, incluido lo que se llama la corteza prefrontal media. A diferencia de nuestro cerebro inferior, más básico, el superior está más evolucionado y puede ofrecernos una perspectiva más amplia del mundo. Podemos concebirlo como un estudio o una biblioteca en la planta superior, llenos de luz, con muchas ventanas y claraboyas que nos permiten ver las cosas con mayor claridad. Aquí es donde tienen lugar los procesos mentales más intrincados, como el pen­sa­miento, la imaginación y la planificación. Mientras que el cerebro inferior es más primitivo, el superior es muy complejo: controla parte del pensamiento analítico y de orden superior más importante. Debido a su sofisticación y complejidad, es responsable de muchas de las aptitudes que esperamos ver en nuestros hijos:

· Tomar decisiones y planificar con sensatez

· Controlar las emociones y el cuerpo

· Entenderse a sí mismo

· Sentir empatía

· Tener sentido de la ética

Un niño cuyo cerebro superior funciona como es debido presentará algunas de las aptitudes más importantes de una persona madura y sana. Con ello no queremos decir que sea sobrehumano o que nunca manifieste una conducta infantil. Pero cuando el cerebro superior funciona bien, el niño puede regular sus emociones, plantearse las consecuencias, pensar antes de actuar y tener en cuenta los sentimientos de los demás, todo lo cual lo ayudará a progresar en los distintos ámbitos de la vida, además de ayudar a su familia a sobrevivir a las dificultades cotidianas.

Como cabría esperar, el cerebro de una persona funciona mejor cuando la parte inferior y la parte superior están integradas. Así pues, el objetivo de los padres debería ser ayudar a construir y reforzar la escalera metafórica que comunica el cerebro superior e inferior de un niño para que ambos trabajen en equipo. Una vez colocada una escalera que cumpla bien su función, las partes superior e inferior del cerebro estará integradas verticalmente. Eso significa que la superior puede supervisar las acciones de la inferior y contribuir a aplacar las reacciones extremas, los impulsos y las emociones originadas allí. Pero la integración vertical también actúa en dirección contraria, pues el cerebro inferior y el cuerpo (los cimientos de la casa) realizan importantes contribuciones de «abajo arriba». A
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escalera mental: integrar el cerebro superior y el cerebro inferior

Podemos hablar del cerebro de muchas maneras. En el Capítulo 2, nos hemos centrado en los dos hemisferios, el izquierdo y el derecho. Ahora vamos a verlo de arriba abajo, o en realidad de abajo arriba.

Imaginemos que nuestro cerebro es una casa, con una planta inferior y otra superior. La planta baja incluye el tronco cerebral y el sistema límbico, situados en la parte inferior del cerebro, desde lo alto del cuello hasta aproximadamente el caballete de la nariz. Según los científicos, estas zonas inferiores son más primitivas porque se ocupan de funciones básicas (como la respiración y el parpadeo), de reacciones innatas e impulsos (como la lucha y la huida) y de las emociones fuertes (como la ira y el miedo). Cada vez que nos estremecemos instintivamente durante un partido de béisbol de nuestro hijo porque una bola mala se va a las gradas, es nuestro cerebro inferior el que está cumpliendo con su cometido. Lo mismo puede decirse cuando enrojecemos de ira porque, después de pasarnos veinte minutos convenciendo a nuestra hija de párvulos de que no tiene nada que temer en la consulta del dentista, aparece la auxiliar del dentista y anuncia delante de la niña: «Tendremos que ponerle una inyección para anestesiarla». Nuestra ira –junto con otras emociones fuertes, así como ciertas funciones corporales e instintos– se deriva de la parte inferior del cerebro. Es como la planta baja de una casa, donde se satisfacen muchas necesidades básicas de la familia. Ahí casi siempre hay una cocina, un comedor, un cuarto de baño, etcétera. Las necesidades básicas quedan cubiertas en la planta inferior.

El cerebro superior es muy distinto. Se compone de la corteza cerebral y sus distintas partes, destacando las situadas
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Mily Sietecompartió una citahace 6 días
Una de las aptitudes más importantes que podemos enseñar a nuestros hijos es a tomar decisiones correctas en situaciones de emociones intensas como ésa a la que se enfrentó Grant. Queremos que se detengan un momento antes de actuar, que se planteen las consecuencias, que tomen en consideración los sentimientos de los demás, que emitan juicios éticos y morales. A veces se comportan de una manera de la que nos enorgullecemos. Y a veces no.

¿Cómo es que nuestros hijos eligen tan bien sus acciones en determinados momentos y tan mal en otros? ¿Por qué ciertas situaciones nos llevan a darles palmadas en la espalda y otras a levantar las manos en un gesto de impotencia? Bueno, existen buenas razones que tienen que ver con lo que ocurre en las partes superior e inferior del cerebro de un niño.
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Mily Sietecompartió una citahace 9 días
Construir la escalera de la mente

Integrar el cerebro superior y el inferior

Una tarde Jill oyó gritos y alboroto en la habitación de su hijo de seis años, Grant. Gracie, de cuatro años, había encontrado el cofre del tesoro de su hermano, había cogido su «cristal más rarísimo» y luego lo había perdido. Justo cuando Jill llegaba a la habitación, oyó decir a Gracie con el mayor desprecio: «¡No es más que una piedra estúpida y me alegro de haberla perdido!».

Jill miró a su hijo, que apretaba los puños y se ponía cada vez más rojo. Seguro que ya has vivido momentos así con tu hijo, en los que una situación se mantiene en precario equilibrio pero está a punto de estallar. Todavía es posible salvarla y encauzar las cosas hacia una resolución pacífica y provechosa. O bien puede tomar la dirección contraria y pasar al caos, la anarquía e incluso la violencia.

Y todo depende de que tu querido niño contenga un impulso. De que aplaque unos sentimientos intensos. De que tome una buena decisión.

Caray.

En este caso Jill enseguida vio las señales de lo que iba a ocurrir: Grant estaba perdiendo el control y desde luego no iba a tomar una buena decisión. Vio la ira en su mirada y oyó los inicios de un gruñido primitivo que empezaba a escapar de su garganta. Cuando el niño inició rápidamente el corto recorrido que lo separaba de su hermana, Jill avanzó paso a paso junto a él. Por suerte, fue más veloz que Grant y lo interceptó antes de que llegara hasta Grace. Lo levantó en brazos y lo retuvo mientras él agitaba violentamente los brazos y las piernas en el aire sin parar de gritar. Cuando por fin el niño dejó de forcejear, Jill lo soltó. Grant miró entre lágrimas a su hermana, que en el fondo lo adoraba e idealizaba, y dijo con la mayor serenidad: «Eres la peor hermana del mundo».

Cuando Jill contó esta anécdota a Dan, explicó que el último torpedo verbal había dado en el blanco y provocado en Grace las teatrales lágrimas que Grant buscaba. Aun así, Jill
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Mily Sietecompartió una citahace 9 días
me crié en una familia de militares. ¡Huelga decir que no soy muy tocona y sensiblera! Soy veterinaria y estoy acostumbrada a resolver problemas, cosa que no me es de mucha ayuda en el campo de la empatía.

Cuando mi hijo lloraba o se llevaba un disgusto, yo intentaba tranquilizarlo para ayudarlo a resolver el problema. Eso no servía de nada y a menudo exacerbaba el llanto, así que lo dejaba solo y esperaba a que se calmara.

Hace poco descubrí que primero debía intentar conectar el cerebro derecho con el cerebro derecho, lo cual era una idea totalmente nueva para mí. Ahora abrazo a mi hijo, lo escucho e incluso intento ayudarlo a contar lo que le pasó, usando los cerebros derecho e izquierdo a la vez. Después hablamos de la conducta o solucionamos el problema. Ahora intento recordar que primero debo conectar y luego solucionar.

Requirió cierta práctica, pero cuando me relacionaba con mi hijo primero en el plano emocional, usando mi cerebro derecho, junto con el izquierdo, en lugar de usar sólo el izquierdo, todo lo demás iba como la seda, y nuestra relación en general también mejoró.

Esta madre comprendió que al pasar por alto partes de su propio cerebro derecho, estaba perdiéndose oportunidades importantes de conectar con su hijo y de favorecer el desarrollo del cerebro derecho del niño.

Una de las mejores maneras de promover la integración en nuestros hijos es estando más integrados nosotros mismos. (Hablaremos de esto más detenidamente en el Capítulo 6, al explicar las neuronas espejo.) Cuando los cerebros izquierdo y derecho están integrados, podemos abordar la paternidad desde una posición racional, sólida, la del cerebro izquierdo –una posición que nos permite tomar decisiones importantes, resolver problemas e imponer límites–, y también desde una posición conectada emocionalmente, la del cerebro derecho, en la que somos conscientes de los sentimientos y las sensacio‍
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Mily Sietecompartió una citahace 9 días
Esta técnica de «poner un nombre para domarlo» es igual de eficaz con los niños mayores. Laura, una madre conocida nuestra, la usó con su hijo Jack, que a los diez años había sufrido un pequeño (pero traumático) accidente en bicicleta y cada vez que pensaba en coger la bicicleta se ponía muy nervioso. Veamos cómo lo ayudó Laura a contar lo que pasó para que él pudiera empezar a entender lo que le sucedía por dentro:

Laura: ¿Te acuerdas de lo que ocurrió cuando te caíste?

Jack: Estaba mirándote mientras cruzábamos la calle. Y no vi la rejilla de la alcantarilla.

Laura: ¿Y entonces qué pasó?

Jack: La rueda se quedó atascada y la bici se inclinó hacia un lado y se me cayó encima.

Laura: Y eso te asustó, ¿verdad?

Jack: Sí, no sabía qué hacer… Es que me caí en medio de la calle, y no sabía qué pasaba.

Laura: Eso debió de ser espantoso, que te ocurra algo así tan inesperadamente. ¿Te acuerdas de lo que pasó después?

Laura a continuación ayudó a Jack a contar todo lo que pasó. Juntos comentaron que, al final, Jack superó el mal trago con unas cuantas lágrimas, palabras de consuelo, tiritas y la reparación de la bicicleta. De ahí pasaron a hablar de la necesidad de estar atentos a las rejillas de las alcantarillas y al tráfico que viene de frente, lo que ayudó a Jack a liberarse de algunos de sus sentimientos de impotencia.

Obviamente, los detalles de una conversación como ésta variarán según la situación. Pero cabe señalar la manera en que Laura sonsacó la historia a su hijo, dejándolo desempeñar un papel activo en el proceso de la narración. Ella actuó básicamente como una facilitadora, ayudando a poner en orden los detalles de lo ocurrido. Así es cómo las historias nos permiten avanzar y dominar los momentos en que sentimos que no controlamos la situación. Cuando podemos expresar con palabras las experiencias que nos
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Mily Sietecompartió una citahace 9 días
Para contar una historia que tenga sentido, el cerebro izquierdo debe poner orden, usando las palabras y la lógica. El cerebro derecho contribuye mediante las sensaciones corporales, las emociones no procesadas y los recuerdos personales, para que podamos formarnos una impresión general y comunicar nuestra experiencia. Ésta es la explicación científica de por qué escribir un diario y hablar de un acontecimiento difícil puede ser tan eficaz a la hora de ayudarnos a superar una experiencia. De hecho, la investigación ha demostrado que simplemente poner un nombre o una etiqueta a lo que sentimos reduce literalmente la actividad del circuito emocional en el hemisferio derecho.

Por esa misma razón, es importante que los niños de todas las edades cuenten sus historias, ya que los ayuda a entender sus emociones y los acontecimientos que se producen en sus vidas. A veces los padres evitan mencionar experiencias perturbadoras, pensando que hablar de ellas reforzará el dolor de sus hijos o empeorará las cosas. De hecho, a menudo lo que necesitan los niños es precisamente contar la historia, tanto para dar sentido a lo que pasó como para avanzar hacia un lugar donde puedan sentirse mejor con respecto a lo ocurrido. (Recordemos al hijo de Marianna, Marco, de la historia de «Ia uuuh uuuh» en el Capítulo 1.) El impulso de entender la razón por la que pasan las cosas es tan poderoso que el cerebro seguirá intentando dar sentido a una experiencia hasta que lo consiga. Como padres, podemos participar en este proceso contando historias.

Eso es lo que hizo Thomas con Katie, la niña que decía a gritos que se moriría si su padre la dejaba en el parvulario. Aunque a Thomas lo exasperaba esa situación, resistió el impulso de restar importancia y negar lo que le pasaba a Katie. Gracias a lo que había aprendido, comprendió que el cerebro de su hija estaba relacionando varias circunstancias: que su padre la dejara en el parvulario, que vomitara, que su padre se marchara y que ella tuviera miedo. Por consiguiente, cuando llegaba el momento de prepararse para ir al parvulario, su cerebro y su cuerpo empezaban a decirle: «Mala idea: parvulario = vomitar = papá se va = miedo». Visto así, era lógico que no quisiera ir al parvulario.

Al darse cuenta de ello, Thomas empleó sus conoci‍
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Mily Sietecompartió una citahace 10 días
En cuanto Tina hubo conectado su cerebro derecho con el cerebro derecho de su hijo, fue mucho más fácil conectar con su lado izquierdo y tratar los problemas de una manera racional. Al conectar primero con el cerebro derecho de su hijo, Tina consiguió redirigir con el cerebro izquierdo mediante una explicación lógica y una planificación, obligando al hemisferio izquierdo del niño a sumarse a la conversación. Este enfoque le permitió usar los dos lados de su cerebro de una manera coordinada e integrada.

No estamos diciendo que «conectar y redirigir» siempre dé resultado. Al fin y al cabo, a veces un niño ha ido tan lejos que ya no puede dar marcha atrás y las olas emocionales tienen que romper hasta que amaine el temporal. O puede que el niño sólo necesite comer algo o dormir. Como hizo Tina, quizá convenga esperar a que tu hijo se encuentre en un estado más integrado para hablar con él de una manera lógica sobre sus sentimientos y conductas.

Tampoco recomendamos la permisividad o alargar los límites sólo porque un niño no piensa lógicamente. Las reglas relativas al respeto y la conducta no deben tirarse por la borda sólo porque el hemisferio izquierdo de un niño esté desconectado. Por ejemplo, cualquier conducta que se considere inadecuada en la familia –faltar al respeto, hacer daño a alguien, tirar cosas– debe seguir considerándose prohibida incluso en los momentos de emociones intensas. Puede que sea necesario interrumpir una conducta destructiva y apartar al niño de la situación antes de empezar a conectar y redirigir. Pero pensamos que, usando el enfoque del cerebro pleno, en general conviene hablar de la mala conducta y sus consecuencias después de tranquilizar al niño, dado que en medio de un aluvión emocional no es fácil aprender lecciones. Un niño estará mucho más receptivo cuando el cerebro izquierdo vuelva a activarse, y por lo tanto la disciplina será entonces mucho más eficaz. Imagina que eres un socorrista: te acercarás nadando a tu hijo, lo rodea­rás con los brazos y lo ayudarás a volver a la orilla antes de decirle que la próxima vez no se aleje tanto.

La clave aquí es entender que cuando tu hijo se ahoga en un aluvión emocional del cere‍
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Mily Sietecompartió una citahace 10 días
negación de nuestras emociones no es el único peligro que corremos cuando nos apoyamos demasiado en el cerebro izquierdo. También podemos volvernos demasiado literales, perdiendo el sentido de la perspectiva, y entonces pasamos por alto el significado que se obtiene al situar las cosas en un contexto (una especialidad del cerebro derecho). Ésa es en parte la razón por la que a veces tu hija de ocho años se pone a la defensiva y se enfada cuando le haces una broma inocente. Recuerda que el cerebro derecho se ocupa de la interpretación de las señales no verbales. Así pues, sobre todo si tu hija está cansada o malhumorada, puede que sólo se fije en tus palabras y pase por alto el tono jovial y el guiño que las ha acompañado.

Hace poco Tina vivió un curioso ejemplo de lo que puede suceder cuando el cerebro izquierdo literal domina demasiado. Cuando su hijo menor cumplió un año, Tina encargó el pastel en una tienda del barrio. Pidió un «pastel magdalena», que consiste en varias mag­dalenas glaseadas que, juntas, parecen un gran pastel. Al encargarlo, dijo al pastelero que escribiera el nombre de su hijo –J. P.– en el pastel magdalena. Pero cuando recogió el pastel antes de la fiesta, enseguida reparó en un problema, el pastelero había escrito: «J. P., en el pastel magdalena». Esto demuestra lo que puede pasar cuando una persona se vuelve demasiado literal a causa del predominio del cerebro izquierdo.

Así pues, el objetivo es ayudar a nuestros hijos a usar los dos lados del cerebro a la vez: a integrar los hemisferios izquierdo y derecho. Recordemos el río del bienestar del que hemos hablado antes, con el caos en una orilla y la rigidez en la otra. Definimos la salud mental como el avance armonioso y continuo entre estos dos extremos. Al ayudar a nuestros hijos a conectar el lado izquierdo y el derecho, les damos una mayor posibilidad de evitar las orillas del caos y la rigidez, y de vivir en la corriente flexible de la salud mental y la felicidad.

Integrar el cerebro izquierdo y el derecho ayuda a los niños a no acercarse demasiado a ninguna de las dos orillas. Cuando las emociones no procesadas en su cerebro derecho no se combinan con la lógica del izquierdo, los niños se comportarán como Katie, acercándose demasiado a la orilla del caos. Eso significa que debemos ayudarlos para que hagan intervenir el cerebro izquierdo, y así verán las cosas en perspecti
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Mily Sietecompartió una citahace 11 días
solo que quería en la obra de teatro del colegio. Se niega a calmarse y te repite una y otra vez que tiene la mejor voz de su clase. En realidad va en zigzag de una orilla a la otra, pasando del caos a la rigidez, y sus emociones se han impuesto claramente a su lógica. Por consiguiente, se resiste con obstinación a reconocer que quizá otra persona tenga tanto talento como ella. Tú puedes conducirla otra vez hacia la corriente del bienestar para que alcance un mayor equilibrio dentro de sí misma y para que pase a un estado más integrado. (No te preocupes: te ofreceremos toda clase de recursos para conseguirlo.)

Prácticamente todos los momentos de supervivencia pueden incluirse en este marco, de una manera u otra. Te sorprenderá lo mucho que los conceptos de caos y rigidez pueden ayudarte a entender las conductas más difíciles de tu hijo. De hecho, estos conceptos te permiten «tomar la temperatura» a la integración de tu hijo en cualquier momento. Si ves caos y/o rigidez, sabes que tu hijo no se encuentra en un estado de integración. Del mismo modo, cuando sí se halla en un estado de integración, presenta las cualidades que relacionamos con alguien que está mental y emocionalmente sano: se muestra flexible, adaptable, estable y capaz de entenderse a sí mismo y el mundo que lo rodea. El enfoque poderoso y práctico de la integración nos permite ver las numerosas formas en que nuestros hijos –o nosotros mismos– experimentan el caos y la rigidez porque se ha bloqueado la integración. Al tomar conciencia de este concepto, podemos desarrollar y aplicar estrategias que favorecen la integración en la vida de nuestros hijos y en la nuestra. Éstas son las estrategias cotidianas del cerebro pleno que exploraremos en cada uno de los siguientes capítulos.
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Mily Sietecompartió una citahace 11 días
Cuanto más nos acercamos a las orillas del caos y la rigidez, más nos alejamos de la salud mental y emocional. Cuanto más tiempo evitamos cualquiera de las dos orillas, más tiempo pasamos disfrutando del río del bienestar. Gran parte de nuestra vida de adultos puede verse como el avance por estos caminos: a veces en la armonía de la corriente del bienestar, pero a veces en el caos, en la rigidez, o yendo en zigzag de lo uno a lo otro. La armonía surge de la integración. El caos y la rigidez aparecen cuando se bloquea la integración.

Todo esto también es aplicable a nuestros hijos. Ellos tienen sus propias canoítas y avanzan apaciblemente por su río del bienestar. Muchos de los retos a los que nos enfrentamos como padres se producen en los momentos en que nuestros hijos se alejan de la corriente, cuando se acercan demasiado al caos o la rigidez. ¿Tu hijo de tres años se niega a compartir su barco de juguete en el parque? Rigidez. ¿Se pone a llorar, a gritar y a tirar arena cuando su nuevo amigo le quita el barco? Caos. En ese momento lo que tú puedes hacer es ayudarlo a reincorporarse a la corriente del río, a recuperar un estado de armonía que impiden tanto el caos como la rigidez.

Lo mismo puede decirse de los niños mayores. Tu hija de quinto curso, una niña en general de trato fácil, llora histéricamente porque no le han dado el
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Mily Sietecompartió una citael mes pasado
Qué es la integración y por qué importa tanto?

La mayoría de nosotros no toma en consideración que nuestro cerebro tiene muchas partes distintas, cada una con diferentes cometidos. Por ejemplo, hay un lado izquierdo que nos ayuda a pensar de una manera lógica y a organizar los pensamientos para construir frases, y un lado derecho que nos ayuda a experimentar las emociones y a interpretar las señales no verbales. Tenemos asimismo un «cerebro de reptil», que nos permite actuar intuitivamente y tomar decisiones relacionadas con la supervivencia en milésimas de segundo, y un «cerebro de mamífero», que nos orienta hacia la conexión y las relaciones. Una parte del cerebro se centra en la memoria; otra en tomar decisiones morales y éticas. Es casi como si nuestro cerebro tuviera múltiples personalidades: unas racionales, otras irracionales; unas reflexivas, otras reactivas. ¡No es de extrañar que en distintos momentos parezcamos personas diferentes!

La clave para progresar está en ayudar a estas partes a trabajar bien conjuntamente: a integrarlas. La integración toma las distintas partes del cerebro y las ayuda a trabajar juntas como un todo. Es algo parecido a lo que ocurre en el cuerpo, que tiene distintos órganos para llevar a cabo distintas funciones: los pulmones aspiran el aire, el corazón bombea la sangre, el estómago digiere los alimentos. Para que el cuerpo esté sano, todos estos órganos necesitan hallarse integrados. En otras palabras, cada órgano necesita desempeñar su función individual al tiempo que trabajan todos juntos como un todo. La integración no es más que eso: unir distintos elementos para crear un todo que funcione debidamente. Igual que ocurre con un cuerpo sano, nuestro cerebro no puede rendir al máximo a menos que sus distintas partes trabajen conjuntamente de una manera coordinada y equilibrada. Eso es lo que hace la integración: coordina y equilibra las distintas regiones del cerebro que mantiene unidas. Es fácil ver
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Mily Sietecompartió una citael mes pasado
Dejando que Marco contara la historia repetidamente, Marianna lo ayudaba a comprender lo sucedido para que pudiera empezar a enfrentarse a ello emocionalmente. Como conocía la importancia de ayudar al cerebro de su hijo a procesar la aterradora experiencia, lo animó a contar una y otra vez los sucesos para que pudiera procesar su miedo y seguir con su rutina cotidiana de una mane­ra saludable y equilibrada. Durante los días posteriores, Marco fue sacando el tema del accidente cada vez menos, hasta convertirlo sencillamente en otra más de sus experiencias vitales, aunque no por ello dejara de ser importante.

Conforme leas las siguientes páginas, descubrirás las razones concretas de la respuesta de Marianna, y por qué, tanto desde un punto de vista práctico como neurológico, fue tan útil para su hijo. Podrás aplicar tus nuevos conocimientos acerca del cerebro para que el ejercicio de la paternidad con tu hijo sea más manejable y satisfactorio.

El concepto que constituye la base de la reacción de Marianna, y de este libro, es la integración. Una clara comprensión de lo que es la integración te dará la capacidad para transformar por completo tu manera de ver el ejercicio de la paternidad con tus hijos. Puede ayudarte a disfrutar más con ellos y a prepararlos mejor para una vida rica y gratificante.
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Mily Sietecompartió una citael mes pasado
Un día Marianna recibió una llamada informándole de que su hijo de dos años, Marco, había sufrido un accidente de tráfico con su canguro. Marco se encontraba bien, pero la canguro, que conducía, había sido trasladada a un hospital en ambulancia.

Con el alma en vilo, Marianna, directora de una escuela primaria, acudió a toda prisa al lugar del accidente, donde le explicaron que la canguro había sufrido un ataque epiléptico mientras conducía. Marianna encontró a su hijo en brazos de un bombero que intentaba en vano tranquilizarlo. Lo cogió y el pequeño se calmó en cuanto ella empezó a consolarlo.

Cuando Marco dejó de llorar, contó a Marianna lo sucedido. Empleando el lenguaje de un niño de dos años, que sólo enten­dían sus padres y su canguro, Marco repetía una y otra vez la frase «Ia uuuh uuuh». «Ia» era su manera de llamar a Sophia, su querida canguro, y «uuuh uuuh» era su versión del sonido de la sirena del coche de bomberos (o, en este caso, una ambulancia). Diciendo repetidamente a su madre «ia uuuh uuuh», Marco se centraba en el detalle de la historia que más le importaba: se habían llevado a Sophia, separándolo de ella.

En una situación así, muchos sentiríamos la tentación de asegurar a Marco que Sophia se pondría bien y luego dirigiríamos la atención de inmediato a otra cosa para que el niño dejara de pensar en lo ocurrido: «¡Vamos a por un helado!». En los días posteriores, muchos padres evitarían hablar del accidente para no alterar al niño. El problema con el planteamiento «Vamos a por un helado» es que el niño se queda confuso acerca de lo sucedido y el porqué. Sigue presa de emociones terroríficas e intensas, pero no se le permite enfrentarse a ellas (ni se lo ayuda a hacerlo) de una manera eficaz.

Marianna no cometió ese error. Había asistido a las clases de Tina sobre la paternidad y el cerebro, y enseguida dio buen uso a lo aprendido. Esa noche, y a lo largo de la siguiente semana, cada vez que los pensamientos de Marco lo llevaban a recordar el accidente de tráfico, Marianna lo ayudaba a contar la historia una y otra vez. Le decía: «Sí, Sophia y tú tuvisteis un accidente, ¿eh que sí?». Entonces Marco abría los brazos y los sacudía, imitando el ataque de Sophia. Marianna seguía: «Sí, Sophia tuvo un ataque y empezó a temblar, y el coche chocó, ¿no es así?». La siguiente intervención de Marco era, claro está, el familiar «Ia uuuh uuuh», a lo que Marianna contestaba:
Es muy emocionante entender (y enseñar a nuestros hijos) que podemos usar la mente para controlar nuestra vida.
Jessica Zarate
Jessica Zaratecompartió una citael mes pasado
Dan Mindsight y La mente en desarrollo.)
Anabel M Ortega
Anabel M Ortegacompartió una citahace 3 meses
Como padres, estamos programados para intentar proteger a nuestros hijos de todo sufrimiento y dolor, pero en realidad eso es imposible. Nuestros hijos se caerán, se sentirán heridos y sufrirán miedo, tristeza y enfado. De hecho, a menudo estas experiencias difíciles son las que les permiten crecer y descubrir el mundo. En lugar de intentar ahorrarles las dificultades inevitables de la vida, podemos ayudarlos a integrar esas experiencias en su visión del mundo y a aprender de ellas
Mariano Orta
Mariano Ortacompartió una citahace 4 meses
cómo podemos ayudar a nuestros hijos cuando sufren los efectos de experiencias negativas del pasado? Podemos proyectar sobre esos recuerdos implícitos la luz de la conciencia, volviéndolos explícitos para que nuestros hijos sean conscientes y se enfrenten a ellos de una manera intencionada.
karenclaussen
karenclaussencompartió una citahace 6 meses
Activa, no enfurezcas: apela al cerebro superior
karenclaussen
karenclaussencompartió una citahace 6 meses
Lo que puedes hacer: Ayudar a desarrollar e integrar el cerebro superior de tu hijo
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