Como bien escribe Thomas Bernhard, «lo lógico sería, lo consecuente sería […], que todos nosotros, de la noche a la mañana, nos largásemos, que nos matásemos, sin titubear, porque […] la única consecuencia lógica posible para nosotros hoy no es más que esa, matarnos, la forma es indiferente, cuanto más rápida mejor, pero somos demasiado débiles para ello, hablamos de ello y, con cuánta frecuencia, hablamos de ello durante horas, durante días, durante semanas, pero no nos matamos, lo pensamos sin duda, sabemos lo absurdo de que vivamos aún, de que existamos aún, pero no nos matamos, no seguimos el ejemplo de los que ya se han matado, y cuántos de nuestra edad, y por qué ridículas razones, como sabemos, se han matado ya, por las más ridículas de las razones, si se compara esas razones con nuestras razones, no nos matamos y todos los días nos debatimos de nuevo con todos los absurdos imaginables, pasamos el día con trabajos sin sentido y con una absurda fragmentación de la memoria, nos atormentamos y nos alimentamos y tenemos miedo y nada más, y precisamente eso es sin duda lo más absurdo que hay en el mundo, que nos atormentemos y alimentemos y tengamos miedo, lo más repulsivo, pero no nos matamos, hablamos de ello, convertimos el pensamiento del suicidio en nuestro único pensamiento, pero no cometemos el suicidio».