Hoy miro atrás y me estremezco de vergüenza: tal como en mis vínculos anteriores, no me daba cuenta de lo que hacía yo para que la relación se mantuviera en ese nivel superficial que tan insatisfecha me dejaba. Desconectada como estaba de mis emociones, me era imposible dejarme guiar por ellas. Ni siquiera sabía lo que sentía.
A medida que crecía mi descontento, Vivienne empezó a luchar con más intensidad para salvar nuestro matrimonio. Su determinación me asustó, y cuando entendí que quería divorciarme, quedé petrificada: por primera vez en mi vida, sentía un deseo fuerte y claro que se oponía directamente a los de alguien que yo quería. Durante meses busqué la manera de pedirle que nos separáramos mientras con mis actos intentaba alejarla de mí. Cuando por fin puse mis sentimientos en palabras, me sentí aterrada y fortalecida al mismo tiempo. Nunca antes había priorizado mis deseos frente a los de la persona que tenía ante mí.
Mi divorcio coincidió con el momento en que empecé a ver lo que aportaba yo activamente para que se generaran dinámicas vinculares que no me hacían bien a mí ni a mis seres queridos. Hasta ese entonces, la mirada superficial que tenía sobre mis hábitos subconscientes de no prestar atención a lo que necesitaba, reprimir lo que sentía y anteponer las necesidades y los deseos de los demás a los míos me había llevado a considerarme “buena”, “generosa”. Pero esos hábitos no hacían feliz a nadie. En realidad, como casi nunca expresaba —ni me permitía reconocer siquiera— mis verdaderos sentimientos, lo único que lograba era agrandar la distancia afectiva que me separaba de los demás. No era un acto de generosidad priorizar a los demás, sino un abandono de mí misma. Todo eso me dejaba profundamente insatisfecha, a menudo perturbada o molesta, y propensa a discutir por cualquier cosa, lo que alimentaba el resentimiento entre Vivienne y yo.
Si hasta entonces no había podido ver cuál era mi participación en esos conflictos recurrentes, era porque mis hábitos vinculares se habían grabado en mi subconsciente durante la infancia; eran parte de mi manera instintiva de relacionarme con los demás. Eran formas de manejarme que había desarrollado en los primeros vínculos de mi vida: los que tenía con mi familia.
TUS PRIMEROS VÍNCULOS: EL MOLDE DE TU FUTURO