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Libros
Emmanuel Lévinas

Ética e infinito

  • Cinthia Del Bosquecompartió una citahace 5 años
    La necesidad que el otro hombre padece no la vivo, humanamente, como objeto de percepción o de análisis económico, sino como demanda, mejor dicho, como exigencia de auxilio.
  • Sergio Castrocompartió una citahace 11 días
    E. L.–De ninguna manera quiero enseñar que el suicidio deriva del amor al prójimo y de la vida de verdad humana. Quiero decir que una vida en verdad humana no puede quedarse en vida satisfecha en el seno de su igualdad al ser, vida de quietud. Que se despierte hacia el otro, es decir, tiene siempre que desembriagarse; que el ser jamás es –al contrario de lo que dicen tantas tradiciones tranquilizadoras– su propia razón de ser, que el famoso conatus essendi no es la fuente de todo derecho y de todo sentido
  • Sergio Castrocompartió una citahace 11 días
    E. L.–El estallido de lo humano en el ser, la brecha del ser de la que he hablado en el curso de estas conversaciones, la crisis del ser, lo de otro modo que ser, se marcan, en efecto, por el hecho de que lo que es lo más natural pasa a ser lo más problemático. ¿Acaso tengo yo derecho a ser? ¿Acaso no ocupo, al ser en el mundo, el lugar de alguien? ¡Estamos poniendo en tela de juicio la perseverancia, ingenua y natural, en el ser!
  • Sergio Castrocompartió una citahace 11 días
    E. L.–Esa es en efecto la pregunta que, en último extremo, hay que plantear. ¿Acaso me debo yo al ser? ¿Es que siendo, persistiendo en el ser, yo no mato?

    Ph. N.–Cierto que ahora que el paradigma biológico se nos ha vuelto familiar, sabemos que toda especie vive a expensas de otra, y que en el interior de cada especie todo individuo reemplaza a otro. No se puede vivir sin matar.

    E. L.–No se puede, en la sociedad tal como funciona, vivir sin matar o, al menos, sin preparar la muerte de alguien. En consecuencia, la cuestión importante del sentido del ser no es: ¿Por qué hay algo y no nada? –cuestión leibniziana tan comentada por Heidegger–, sino: ¿es que siendo yo no mato7?
  • Sergio Castrocompartió una citahace 11 días
    Las Sagradas Escrituras no significan por el dogmático relato de su origen sobrenatural o sagrado, sino por la expresión del rostro del otro hombre antes de que se haya disimulado o se haya dado una pose, al que iluminan. Expresión tan irrecusable como imperiosos son los cuidados del mundo cotidiano de los seres históricos que somos. Tienen significado para mí por todo lo que han despertado a lo largo de los siglos en sus lectores y por todo lo que recibieron de sus exégesis y de la transmisión de estas. Ellas imponen toda la gravedad de las rupturas en las que, dentro de nuestro ser, se pone en entredicho la buena conciencia de su ser-ahí. En ello reside su santidad misma, al margen de toda significación sacramental; estatuto único e irreductible al de los sueños de «bellas almas», si es que se puede llamar estatuto a ese viento de crisis –o a ese espíritu– que sopla y desgarra a pesar de los nudos de la Historia que se reanudan
  • Sergio Castrocompartió una citahace 11 días
    Que la crítica histórica moderna haya mostrado que la Biblia tenía autores múltiples, repartidos a lo largo de épocas muy diferentes, de manera opuesta a lo que hace algunos siglos se creía, no cambia en nada, al contrario, esa convicción. Puesto que siempre he pensado que el gran milagro de la Biblia no reside, de ninguna manera, en el origen literario común, sino, a la inversa, en la confluencia de literaturas diferentes hacia un mismo contenido esencial. El milagro de la confluencia es mayor que el milagro del autor único. Ahora bien, el polo de esa confluencia es la ética, que domina incontestablemente todo ese libro.
  • Sergio Castrocompartió una citahace 16 días
    El lazo con el otro no se anuda más que como responsabilidad, y lo que de menos es que esta sea aceptada o rechazada, que se sepa o no cómo asumirla, que se pueda o no hacer algo concreto por el otro. Decir: heme aquí. Hacer algo por otro. Dar. Ser espíritu humano es eso.
  • Sergio Castrocompartió una citahace 20 días
    Ph. N.–En el rostro del otro hay –dice usted– una «elevación», una «altura». El otro es más alto que yo. ¿Qué entiende usted por esto?

    E. L.–El «No matarás» es la primera palabra del rostro. Ahora bien, es una orden. Hay, en la aparición del rostro, un mandamiento, como si un amo me hablase. Sin embargo, al mismo tiempo, el rostro del otro está desprotegido; es el pobre por el que yo puedo todo y a quien todo debo. Y yo, quienquiera que yo sea, pero en tanto que «primera persona», soy aquel que se las apaña para hallar los recursos que respondan a la llamada.

    Ph. N.–Entran ganas de decirle: sí, en algunos casos... Pero en otros, por el contrario, el encuentro del otro se produce en el modo de la violencia, del odio y del desdén.

    E. L.–Cierto. Pero pienso que, cualquiera que sea la motivación que explica esta inversión, el análisis del rostro tal como acabo de realizarlo, con el dominio del otro y su pobreza, con mi sumisión y mi riqueza, es primero. Es el presupuesto de todas las relaciones humanas. Si no hubiera eso, ni siquiera diríamos, delante de una puerta abierta: «¡Después de usted, señor!». Lo que he intentado describir es un «¡Después de usted, señor!» original.

    Usted ha hablado de la pasión del odio. Me temía una objeción mucho más grave: ¿Cómo es que se puede castigar y reprimir? ¿Cómo es que hay una justicia? Respondo que es el hecho de la multiplicidad de los hombres, la presencia del tercero al lado del otro, los que condicionan las leyes e instauran la justicia. Si estoy yo solo con el otro, se lo debo todo a él; pero existe el tercero. ¿Acaso sé lo que mi prójimo es con respecto al tercero? ¿Es que sé si el tercero está en complicidad con él o es su víctima? ¿Quién es mi prójimo? Por consiguiente, es necesario pesar, pensar, juzgar, comparando lo incomparable. La relación interpersonal que establezco con el otro debo también establecerla con los otros hombres; existe, pues, la necesidad de moderar ese privilegio del otro; de ahí, la justicia7. Esta, ejercida por las instituciones, que son inevitables, debe estar siempre controlada por la relación interpersonal inicial.
  • Sergio Castrocompartió una citael mes pasado
    Prosigue usted por un análisis de la voluptuosidad: « Lo acariciado no es tocado, hablando con propiedad. No es lo aterciopelado ni la tibieza de esa mano dada en el contacto lo que la caricia busca. Es esa búsqueda de la caricia lo que constituye su esencia, por el hecho de que la caricia no sabe lo que busca. Este “no saber”, este desarreglo fundamental es lo esencial en ella. Es como un juego con algo que se sustrae, y un juego absolutamente sin proyecto ni plan, no con lo que puede llegar a ser nuestro y nosotros, sino con algo otro, siempre otro, siempre inaccesible, siempre por venir. Y la caricia es la espera de ese porvenir puro sin contenido
  • Sergio Castrocompartió una citael mes pasado
    La trascendencia de lo femenino consiste en retirarse a otra parte, movimiento opuesto al movimiento de la conciencia. Pero no es por ello inconsciente o subconsciente, y no veo otra posibilidad que la de llamarlo misterio. Mientras que al poner al otro como libertad, al pensarlo en términos de luz, estamos obligados a reconocer el fracaso de la comunicación, aquí hemos reconocido tan solo el fracaso del movimiento que tiende a capturar o a poseer una libertad. Únicamente mostrando aquello por lo que el eros difiere de la posesión y del poder, podemos admitir una comunicación en el eros. No es ni una lucha ni una fusión ni un conocimiento. Hay que reconocer su lugar excepcional entre las relaciones. Es la relación con la alteridad, con el misterio, es decir, con el porvenir, con lo que, en un mundo en el que todo está ahí, jamás está ahí
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