todo el mundo se alegró de aquella tapadera parisina, a excepción de Mamá, que me recordaba que el éxito atrae al rayo, y que por eso los recién nacidos especialmente bonitos recibían apodos espantosos. Los padres los llamaban «enano», «enana», «sacacorchos» (refiriéndose a la cola de los cerdos), y los parientes engañaban al cielo todopoderoso al declararlos feos, repelentes, insignificantes. Si no, llamarían la atención de los espíritus errantes celosos, capaces de lanzar maleficios.