—Le llamábamos el Nagual —prosiguió Néstor— porque estaba escindido en dos partes. Dicho en otros términos, toda vez que lo necesitaba, le era posible salir por un camino con el que nosotros no contábamos; algo surgía de él, algo que no era un doble sino una sombra horrenda, amenazante, de aspecto semejante al suyo, pero del doble de su tamaño.