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Libros
Mikel Ruiz

Los disfraces de la muerte

Jacinto Ik'alnabil prepara la ofrenda de muertos para honrar a su padre y se traslada al pueblo de Jobel a comprar carne; ahí es apresado e injustamente inculpado de homicidio y condenado al fusilamiento. Hacinado en una celda junto con su hijo Pedro y tres compañeros que iban con ellos, todos son torturados. En su mente, Jacinto va a sus recuerdos de la lucha armada contra el gobierno que permite que los exploten en las fincas, del inicio del levantamiento que lo lleva a ser portavoz de su pueblo y de la muerte de camaradas que pelearon valientemente en aras de la dignidad humana y la libertad. Todo esto en medio de una revolución que muestra su cara más abyecta y que es, más bien, moneda de cambio del pillaje, la injusticia y la artera batalla para ver quién será el próximo detentador del poder.
178 páginas impresas
Propietario de los derechos de autor
Bookwire
Publicación original
2024
Año de publicación
2024
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Citas

  • Vanessa Pugacompartió una citahace 8 meses
    A los pocos minutos comprendimos que un destacamento tuxtleco nos estaba emboscando. El estallido de una carga de dinamita a tres calles nos obligó a pensar en la retirada. De la presidencia municipal y de la escuela salía una gran cantidad de humo que nos asfixiaba. Varias casas ardían por el fuego. Mis compañeros y los acaleños caían por igual.
  • Vanessa Pugacompartió una citahace 8 meses
    ¿Me escuchas, hijo? La imagen de los soldados heridos pidiendo ayuda me persigue en sueños. En esa batalla murieron más de los nuestros que de los enemigos.

    Eso fue el comienzo.
  • Vanessa Pugacompartió una citahace 8 meses
    En lugar de armas, los soldados ladinos y mi gente agarraron todo lo que había de valor. Ni el teniente coronel, ni yo, ni el subteniente Tovilla sabíamos cómo detener el saqueo y los brutales asesinatos. En vano gritábamos órdenes en castellano y tsotsil.

    Estaba a punto de alzar mi bastón de mando cuando el teniente, encabronado, disparó hacia mis compañeros. En ese instante agarré mi Máuser para detener al finquero, pero una descarga hirió el brazo del subteniente Tovilla. Rápidamente buscamos dónde escondernos para responder el ataque. No sabíamos de dónde salían los fogonazos. Una nueva descarga mató a varios de mis compañeros que trataban de huir con su botín por las calles empedradas.

    Y claro, las consecuencias... y la culpa es "del indio"

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