Era el dulce regreso, la patria reencontrada, pero mi pensamiento sólo era de dolor por la pérdida de ella, y mis ojos se fijaban en la Luna, para siempre inalcanzable, buscándola. Y la vi. Estaba allí donde la había dejado, tumbada en una playa situada justo encima de nuestras cabezas, y no decía nada. Era del color de la Luna; tenía el arpa junto a su costado y movía una mano en arpegios lentos y espaciados. Se distinguía bien la forma de su pecho, de sus brazos, de sus caderas, tal como todavía la recuerdo, tal como incluso ahora que la Luna se ha convertido en ese pequeño círculo plano y lejano, siempre la voy buscando con la mirada en cuanto en el cielo aparece el primer gajo; y cuanto más crece más me imagino verla, a ella o alguna cosa de ella pero nada más que a ella, en cien, en mil vistas distintas, a ella que hace Luna a la Luna y que en cada luna llena obliga a los perros a aullar durante toda la noche y a mí con ellos.