A ella le escocían los ojos. ¿Cómo se había malogrado todo tan deprisa? ¿Cómo podía haberlo perdido tan fácilmente?
—Kathleen no tendría que haberte hablado en mi nombre —dijo, presa de tristeza y pesar—. Creía que me estaba protegiendo, pero…
—Y era así.
—Yo no quería que me protegieran de ti. —Intentar mantener la compostura era como tratar de correr por la arena: los cambios que experimentaban sus emociones le impedían avanzar. Para su vergüenza, se le humedecieron los ojos y se le escapó un sollozo—. Estuve postrada en cama un día con migraña —prosiguió—, y cuando desperté la mañana siguiente, nuestro compromiso estaba roto, te había perdido y ni siquiera…
—Helen, no.
—Creía que solo era un malentendido. Pensaba que si hablaba directamente contigo, todo se so-solucionaría y… —Se atragantó con otro sollozo. La consumía tanto la emoción que apenas fue consciente de que Rhys se le acercaba, tendía las manos hacia ella y volvía a retirarlas.
—No, no llores. Por el amor de Dios, Helen…
—No fue mi intención apartarte. No sabía qué hacer. ¿Cómo puedo hacer que vuelvas a quererme?
Esperaba una respuesta sarcástica, o puede que incluso desdeñosa, pero no un sentido susurro.
—Sí te quiero, cariad. Te quiero demasiado.
Lo miró a través de las lágrimas, pestañeando, emitiendo unos vergonzosos sollozos, como una niña pequeña. Antes de darse cuenta, la había estrechado contra su cuerpo.
—Chisss… —Su voz, que bajó una octava, le acarició los oídos como si fuera terciopelo—. Chisss, bychan, pequeña, paloma mía. No hay nada que se merezca tu llanto.
—Tú sí.