Se me ocurre pensar a Pedro Páramo en Ramallah o en Jenin, como en Comala. A medio camino entre la vida y la muerte, Comala es una especie de trampa en la que algunas almas continúan penando, incapaces de encontrar consuelo o la certidumbre del castigo eterno. Comala es un terreno baldío y el páramo, la zona en la que nada puede ya crecer, un waste land. Los vivos no se admiten allí y tampoco es posible escapar. En Comala no hay nadie, solo fragmentos de seres vivos, lamentos, aullidos y retazos sueltos de sus antiguos moradores. Hay silencio y la momentánea ilusión de que la muerte puede ser vencida o, al menos, detenida. El cacique se desmorona como un montón de piedras apiladas. Comala se queda después de la época revolucionaria llena de aridez y soledad.
Mi madre siempre vivió suspirando por Comala, por el retorno, pero jamás logró volver.
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Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre y sus manos estaban marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían los ojos.
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Llanuras verdes, ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con la lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y el pan. Un pueblo que huele a miel derramada.
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El pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran cerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonidos se apaguen. (Rulfo, 1955)