¡Cuidado!, no me contentaría con citar a las desgraciadas que caminaban junto a mí por el barro. Pegaría fuerte. Les golpearía en la cabeza. Y hete aquí que, en la extrema indigencia en que me encontraba, el sentimiento de mi poder me emborrachaba. Sí, mi John Indien tenía razón. Aquella venganza con la cual había soñado frecuentemente me pertenecía por su propia voluntad no por la mía.