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William Edward Joyce

  • Nayeli Cortéscompartió una citael año pasado
    El valiente bucanero mantenía la cabeza baja; casi parecía… avergonzado. Su voz era apenas un susurro cuando dijo:

    —Realmente sois verdaderos amigos. —Abrumado, hizo una pausa. Al fin añadió—: Que me ayudéis a hacer realidad este sueño que se me ha dado es…

    —Querido Norte —lo interrumpió Bunny—, es, según creo, un sueño que todos compartimos.

    Las palabras del pooka eran sinceras. Aquel sueño ya era de todos.
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    —Que soy misterioso y que prefiero pasar inadvertido —dijo Bunny para completar sus palabras, haciendo virar el tren en una elegante curva oval—. Cierto, absolutamente cierto. Una verdad lapidaria, por así decir. Por lo menos hasta que tuve el grato y curioso placer de conoceros a vosotros. De lo más inesperado. Del todo inusual. Como decís vosotros, «la monda». —Bunny había desarrollado un auténtico placer por usar las nuevas expresiones que oía en compañía de quienes él llamaba «terrícolas».

    Ombric sonrió a su compañero,

    —Tú también me caes bien, Bunny.

    Las orejas del conejo se menearon. Ese tipo de afirmaciones obvias sobre los sentimientos de los terrícolas nunca dejaban de confundirle. Pero, aunque el pooka nunca lo admitiría, Ombric sabía que estaba empezando a disfrutar la compañía de los humanos, aunque en pequeñas dosis.
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    La caja que Norte sostenía en la mano se abrió, mostrando una auténtica maravilla de origami.

    Una ciudad mágica pareció salir de la palma de la mano de Norte. Las cejas de Ombric se alzaron. Norte se estaba convirtiendo en algo más poderoso que un guerrero o un mago. Ombric lo sentía.

    Norte inclinó la cabeza hacia Katherine, cuyos ojos resplandecían. ¡Ese era el sueño que ella le había dado cuando todo parecía perdido durante una de las primeras batallas contra Sombra! Un sueño en el que Norte era una figura llena de poder y alegría, misterio y magia, y vivía en una ciudad rodeada de nieve.

    Katherine le devolvió el gesto para animarlo
  • Nayeli Cortéscompartió una citael año pasado
    Toothiana parecía bastante impresionada por sus relatos épicos, así que el menor de los Williams se atrevió a pedirle un favor:

    —¿Puedes… podrías… concederme un deseo con el próximo diente que se me caiga? Ahora no se me mueve ninguno, pero, si quieres, tira de alguno.

    Abrió la boca de par en par para que ella pudiera elegir la mejor pieza.

    —No hace falta que te quite un diente, pero… —dijo Toothiana conteniendo la risa— dime tu deseo.

    —Deseo que Katherine vuelva con nosotros sana y salva —afirmó William el Menor.

    —¡Yo también deseo lo mismo! —exclamo Sascha.

    —Y yo —dijo Petter.

    Y uno tras otro, los niños pidieron el mismo deseo: que Katherine volviera a salvo.

    Toothiana les escuchó con atención y luego les dijo:

    —Lo intentaré.
  • Nayeli Cortéscompartió una citahace 2 años
    Una mañana, después de que Katherine retirara una taza con sopa de saúco que ni había tocado, Norte habló por fin.

    —Gracias, Katherine —dijo con voz algo áspera tras tanto tiempo en silencio.

    Katherine lo miró con aquellos ojos claros que parecían atravesarle.

    —Descanse, señor Norte —le dijo con una leve sonrisa, arqueando los labios, mientras volvía a su sitio al pie de la cama.

    No necesitaban decir nada más.

    A los amigos no les hace falta.
  • Nayeli Cortéscompartió una citahace 2 años
    —Ha sido algo más que una ensoñación lo que me ha hecho volver, viejo. —Miró a Katherine—. Tú me has salvado, de muchas maneras…

    Alargó la mano hacia la brújula que colgaba de la solapa de Katherine. Su regalo les había sido a los dos de mucha utilidad. Katherine había vivido su gran aventura y Norte había encontrado a una amiga para toda la vida. Se volvió hacia el viejo hechicero y dijo:

    —Fui a tu pueblo en busca de un tesoro. Pero encontré uno mejor de lo que imaginaba.

    Ombric miró al suelo y permaneció en silencio un momento. Cuando habló, lo hizo con una compasión dulce y verdadera.

    —Una vez te dije que no hay magia en el mundo que pueda cambiar un corazón humano. Tú has demostrado que me había equivocado, joven amigo.
  • Nayeli Cortéscompartió una citahace 2 años
    —¿Luz Nocturna sabe hablar ganso blanco?

    Katherine contestó:

    —Nunca dice nada, pero parece entenderlo todo. Creo que usando la mente es capaz de hablar con muchas criaturas. Pero conmigo le gusta hacerlo mediante dibujos. ¡Mirad!

    Todos los niños se inclinaron hacia delante para ver los dibujos de Luz Nocturna, que eran muy diferentes de los de Katherine. Eran más sencillos y más infantiles, pero muy hermosos a su manera.
  • Nayeli Cortéscompartió una citael año pasado
    El cohete avanzó más deprisa, más incluso que cuando volaron hasta Santoff Claussen. Y la joya de la espada mágica que señalaba la Isla de Pascua parpadeaba de forma regular.

    Katherine la miró alarmada.

    —¿Eso es mala señal?

    Norte negó con la cabeza.

    —¡Al contrario! Significa que estamos cerca.

    Kailash graznó.

    —Está contenta —dijo Katherine.

    —Claro que lo está; vamos a hacerle a Sombra la mayor gansada de la historia —bromeó Norte.

    Aquella broma alegró a Katherine, pero lo que más le gustó fue saber que Norte había presentido su preocupación e intentaba animarla.
  • Nayeli Cortéscompartió una citael año pasado
    —Ven saltando si oyes algo —le dijo volviendo la cabeza sobre el hombro.

    El pooka decidió dejar que Norte tuviera la última palabra. No le importaban las bromas del humano sobre conejos. Hacía al menos setecientos años que nadie hacía aquel tipo de chiste sobre él. Casi había olvidado los placeres particulares de bromear y que otros bromeen, y cómo los humanos usaban el humor para superar el miedo.
  • Nayeli Cortéscompartió una citael año pasado
    —Entonces, ¿de qué modo te transforma el chocolate, Bunny? —preguntó Ombric a su nuevo compañero.

    —Querido amigo —contestó el conejo—, no estoy del todo seguro. No hace falta resolver todos los misterios. ¿Realmente ayuda entender por qué se produce un arco iris?

    —Creo que sí —replicó Ombric.

    El conejo casi soltó una carcajada.

    —Estos humanos…
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