—Que soy misterioso y que prefiero pasar inadvertido —dijo Bunny para completar sus palabras, haciendo virar el tren en una elegante curva oval—. Cierto, absolutamente cierto. Una verdad lapidaria, por así decir. Por lo menos hasta que tuve el grato y curioso placer de conoceros a vosotros. De lo más inesperado. Del todo inusual. Como decís vosotros, «la monda». —Bunny había desarrollado un auténtico placer por usar las nuevas expresiones que oía en compañía de quienes él llamaba «terrícolas».
Ombric sonrió a su compañero,
—Tú también me caes bien, Bunny.
Las orejas del conejo se menearon. Ese tipo de afirmaciones obvias sobre los sentimientos de los terrícolas nunca dejaban de confundirle. Pero, aunque el pooka nunca lo admitiría, Ombric sabía que estaba empezando a disfrutar la compañía de los humanos, aunque en pequeñas dosis.