Su carácter era una perpetua contradicción entre su forzada apatía y su natural fogosidad; condición que tenía como resultante periódica accesos de ira amarga o de agrio mal humor. Era la suya una naturaleza soñadora y rebelde asfixiada por la rutina que lo mismo podía llegar a anularse definitiva y paulatinamente, que estallar con violencia por insospechados caminos en un momento crítico.