Pero, aunque a los presos y a mí nos ayudase a descubrir que teníamos un montón de sentimientos, observaciones, recuerdos, sueños y (sabe Dios) opiniones que queríamos compartir, todos terminábamos un poquitín cabreados cuando descubríamos que había un pequeño inconveniente: en algún momento teníamos que sentarnos de verdad a escribir.