La naturaleza es tanto una precondición para el desarrollo de la sociedad —y no meramente para su emergencia inicial— como lo son la técnica, el trabajo, el lenguaje y la mente. Y es una precondición no solo en el sentido que le da William Petty —cuando dice que si el trabajo es el «Padre» de la riqueza, la naturaleza es la «Madre»—. Esta fórmula, tan querida para Marx, supone realmente un desprecio de la naturaleza, al conferirle la noción patriarcal de la «pasividad» femenina. Las afinidades entre naturaleza y sociedad son más activas de lo que estamos dispuestos a admitir. Formas de naturaleza muy específicas —ecosistemas muy específicos— constituyen la base para formas de sociedad también muy específicas. Aun a riesgo de emplear una frase muy controvertida, diré que se podría escribir un «materialismo histórico» del desarrollo natural que transformara la «naturaleza pasiva» —el «objeto» del trabajo humano— en una «naturaleza activa», creadora del trabajo humano. El «metabolismo» del trabajo con la naturaleza produce efectos recíprocos, de manera que la naturaleza interacciona con la humanidad para propiciar la actualización de las potencialidades comunes en los mundos natural y social.