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Krasznahorkai László

László Krasznahorkai recorrió durante años el país después de estudiar en Budapest y ejerció diversas profesiones en pueblos y ciudades de provincias. Ha publicado, además de "Melancolía de la resistencia", con la que se presentó a los lectores en lengua española, "Al Norte la montaña , al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río", "Guerra y guerra", "Ha llegado Isaías", "Y Seiobo descendió a la Tierra", "Tango satánico", "Circunstancias de gracia" y "El prisionero de Urga". Varias de sus obras han sido llevadas al cine. En marzo de 2004 recibió del gobierno húngaro el Premio Kossuth, uno de los más prestigiosos de su país, por el conjunto de su obra, y en mayo de 2015, el Man Booker International 2015.
vida del autor: 1954 actualidad

Libros

Citas

Valeria Villaloboscompartió una citael año pasado
algo de laberinto tenían, pues, aquellas calles, pero al mismo tiempo no eran en absoluto angustiosas y menos aún inútiles, antes bien, un lúdico caos animaba su entramado; y así como las vallas delicadamente trabajadas, las cancelas protegidas por diminutos techos y canalones, y el verde fresco del bambú que asomaba por encima, como también el follaje etéreo y plateado del pino himalayo que recordaba unos fuegos artificiales, así como todos estos elementos se arrimaban y se inclinaban ante el transeúnte a los dos lados como si fuesen espejos, a la vez lo defendían, lo protegían y lo trataban como invitado mediante esas vallas y cancelas cerradas, mediante esos ramajes de bambú y ese follaje de los pinos himalayos o, mejor dicho, le daban a entender de inmediato que lo estaban poniendo a salvo, que no sufriría daño ni perjuicio alguno, que podría transitar tranquilamente entre las casitas y disfrutar de las ramas de bambú que asomaban y del follaje etéreo del pino himalayo, que siguiera ascendiendo con toda calma, que posara la mirada en las asombrosas flores del magnolio que acababa de desplegar sus inmensos cálices en las ramas desnudas mostrando la más hermosa y perfecta de las blancuras y en los brotes que acababan de estallar en los ciruelos de los minúsculos jardines delanteros para distraerlo de aquello por lo cual había venido y absorber sus pensamientos.
Valeria Villaloboscompartió una citael año pasado
abajo, como una torre, pues todo lo demás se ocultaba mutuamente, una casa escondía la otra, una callejuela la siguiente, y sólo él, ese gigantesco ginkgo, tan terriblemente extraño e indescifrable entre todas las plantas, se levantaba sin posibilidad de esconderse como si acabara de aterrizar allí procedente del oscuro período cretáceo del que provenía, como si hubiera atravesado cientos de millones de años para eso, para que se percatara de su presencia incluso aquel que escudriñara desde abajo, desde la estación, cuando llegara y mirara alrededor en busca de la dirección idónea
Valeria Villaloboscompartió una citael año pasado
Más arriba, cerca ya del puentecito de madera que salvaba las profundidades pero ya en el lado opuesto, se alzaba un gigantesco ginkgo en medio de un claro. Bien mirado, era el único espacio libre que quedaba en casi todo aquel sistema de callejuelas, aunque sólo daba, de hecho, para permitir la existencia de este árbol ancestral, para proporcionarle aire y luz solar y las fuerzas necesarias para extender sus raíces debajo del suelo. Las demás plantas que había en las calles trazadas cuesta arriba en el barrio de Fukuine pertenecían a algo o a alguien: eran la propiedad, la joya, el adorno, el tesoro cuidado y protegido de una casa familiar y asomaban de aquellos patios límpidos y diminutos con sus ramas llenas de brotes o flores, emergían con su follaje siempre verde junto a los aleros que protegían pequeñas puertas escondidas o manifestaban su refrescante calma por los resquicios entre los listones regulares de las vallas, que siempre vibraban arrulladoramente a los ojos de quien pasaba, y sólo él, el ginkgo, no pertenecía a nada ni a nadie y se alzaba solitario en el claro como si no hubiese cosa en el mundo a la cual atarlo, como si no pudiese pertenecer a nada, pues así se levantaba, igual que un ser desenfrenado, salvaje, peligroso, por encima de edificios y tejados y árboles, con la copa llena y exuberante ya en esos días de primavera inusualmente suaves, con decenas de miles de peculiares hojas parecidas a abanicos o, más bien, a corazones rotos por la mitad que suspiraban mecidas por la brisa; él, el ginkgo, con la profundidad petrificada e inconmensurable de la historia terrestre a sus espaldas, con las tiras de papel colgadas de una cuerda shinto que aguantaba su grueso tronco y con la espesura salvaje de un acebo que, en la parte inferior, se le había adherido al costado, era lo único que destacaba en ese mundo tranquilo y que se veía incluso desde
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