Al principio me retenían a menudo las cartas, me las entregaban abiertas y marcadas con largos pasajes negros, la celosa tinta de la mano dura de mis carceleros. Les molestaba que yo tuviese admiradoras –todavía las tengo–, pero en un momento dado llegaron a entender, cosa que las investigaciones corroboran, que no somos de una especie que obre en grupos, tribus o manadas. No somos una organización, una maquinaria política, no poseemos un objetivo común y por lo tanto se nos considera demasiado difusos, patéticos y egocéntricos como para causar una revolución. De modo que mi correo empezó a llegarme sin tropiezos y me lo entregaban sin abrir, carecía de interés. También, en el curso del tiempo, me han cambiado de guardianes dos, tres y cuatro veces, según los distintos gobiernos, según la temperatura del clima social, etc. Y aunque mis carceleros me han olvidado en gran medida o me descuidan –sin duda debido a mi avanzada edad–, el correo continúa llegando con asombrosa regularidad.