Desde el nacimiento, el niño comienza a formar parte de un mundo de acciones sociales que siempre se interpretan y se valoran, y manifiesta una tendencia innata a pasar de lo biológico a lo social y de lo concreto a lo abstracto, es decir, a lo simbólico. En su comportamiento, se ve inmerso en una mezcla de acciones instintivas para desarrollar su yo dentro de los límites físicos, sociales y psicológicos que trascienden el simple sentido de supervivencia. Durante la construcción de su carácter, el niño presta una atención selectiva a sus semejantes, a las características del comportamiento y el lenguaje humanos.