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Ricardo Garibay

Citas

elmayocompartió una citahace 2 años
En la casa todos trajinan de médicos a colesterol a oxígeno a telefonazos a cáncer a consunción y a gangrena y rosarios mientras yo permanezco inmóvil, maniatado, tratando de explicarme por qué ya no es yo y es más él mismo y es menos lo que él era y no era yo y otras muchas tonterías.

Ahora lo miro por primera vez, esto sí es cierto, y ya no es lo que era. Porque éste que miro ahora echado, silencioso, ya ni siquiera es el hombre que antier agitó los brazos y aulló buscando mis ojos, mi presencia saludable e inútil; es un cuerpo todo huesos, unos pantalones inmensos, dentro de los cuales nadan los fémures, un rostro largo, amarillo, una nariz que no acaba nunca y unos ojos hondos, azorados, abiertos a no sé qué espantosa irrealidad
elmayocompartió una citahace 2 años
No tiene nada, ni un peso; y nosotros no tenemos nada para pagar lo que habrá de pagarse. Es posible que Guillermo consiga prestado en el Banco. Esto ya es alivio.

Mi padre nunca tuvo gran cosa. Supo tanto de la pobreza, que la mera esperanza de dinero lo llenaba de preocupación. Muere casi indigente, porque sólo tiene hijos que no hallan aún la forma de ganar lo que es indispensable para vivir. Nos deja lo que le vimos: la reciedumbre frente al dolor, la naturalidad en el dolor, la familiaridad más espléndida con el dolor. El dolor fue su patrimonio desde hace treinta y cinco años.

—Desde hace más, mucho más —me dicen los que lo conocieron antes que yo.

Bien. Mejor de lo que yo creía. No será deleznable nuestra herencia
elmayocompartió una citahace 2 años
Tuvo muebles brillantes, cuadros y espejos, cuando fue recámara de mi hermana mayor y su marido. Nos la dieron un tiempo a nosotros, cuando la pequeña María regresó del hospital lastimada por la poliomielitis. Regresó María sin poder andar, irascible, y en sus dulces ojos, detrás de una como palidez azulada, un brillo de sufrimiento. María tenía dos años de edad. No he vuelto a ver ojos iguales: ojos iguales a hondos lagos, fijos y azorados, en los que cae sombría la luz, temblando, adolorida, no de veras, como sueño de luz. Mi padre vendió después la casa al marido de mi hermana menor, nos repartió el dinero e hizo de esta pieza su residencia constante. Y aquí, jueves en la mañana: de un camión junto a la ventana descargan estridentes varillas y zumban docenas de motores y como siempre el cielo es pardo y la luz sofoca y llega atravesando oleadas de polvo, turbio polvo macizo y luz contra la ventana e imprudentes oh imprudentes horrísonas varillas; aquí, regresemos, hay una cama ahora, la de toda la vida, de latón dorado, y el chivorof, la mitad del tocador que vino de Pachuca en 1923, la máquina de coser, el sillón que sirvió para esperar a los pretendientes de mis hermanas, el ropero chico: de mi padre, de mis hermanas, de mi hermano, mío, de mi padre otra vez, y de mi madre, al fin, que dijo:

—Si éste me lo compró tu papá, para mis cosas, para mí; no sé por qué nunca me lo dieron…

Opiniones

Luisa Castañeda (Lu)compartió su opiniónel año pasado
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Me pegó hasta lloré

Giovanna Serafincompartió su opiniónel año pasado
🔮Profundo
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Guadalupe odily Ramos Monterrosocompartió su opiniónel año pasado
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