Una mañana, después de que Katherine retirara una taza con sopa de saúco que ni había tocado, Norte habló por fin.
—Gracias, Katherine —dijo con voz algo áspera tras tanto tiempo en silencio.
Katherine lo miró con aquellos ojos claros que parecían atravesarle.
—Descanse, señor Norte —le dijo con una leve sonrisa, arqueando los labios, mientras volvía a su sitio al pie de la cama.
No necesitaban decir nada más.
A los amigos no les hace falta.