Estos ejemplos, entre otros miles, contradicen radicalmente la visión idílica de los ideólogos postmodernos, los cuales imaginan ingenuamente que el fútbol es un medio de integración ciudadana, de pacificación de las tensiones o de domesticación de la violencia. Lejos de contribuir a la concordia civil, el fútbol es, por el contrario, uno de los vectores privilegiados de la peste emocional, e incluso su coartada “cultural” por excelencia.