Citas de “El lustre de la perla” de Sarah Waters

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Volví a mirarla, tomé su mano en la mía, aplastamos la margarita entre nuestros dedos y –sin fijarme en si alguien nos veía– me incliné para besarla.
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–Entonces, ¿vamos a acabar así? ¿No me dejarás volver a verte? Podrías visitarme...

Meneé la cabeza.

–Mírame –dije–. Mira mi pelo. ¿Qué dirían tus vecinos si fuera a visitarte? Te daría miedo pasear conmigo por la calle, ¡que algún hombre nos señalase con el dedo!

Se ruborizó y le vibraron las pestañas.

–Has cambiado –repitió; y yo sólo respondí:

–Sí, Kitty, he cambiado.
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–Te equivocas –dije–. Pertenezco a esto ahora: ellos son mi gente. Y en cuanto a Florence, mi novia, la quiero más de lo que sabría expresar; no lo he sabido hasta este momento.
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¿Qué importaba que yo no fuese todo lo que fingía ser? En un tiempo había sido una chica corriente; podría volver a serlo
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Tenía la sensación de haber llamado aquel día a miles de umbrales, y en todos me había visto cruelmente frustrada o rechazada. Me moriría, pensé, si allí no había para mí una palabra bondadosa.
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no me causó un sobresalto: creo que estaba demasiado aturdida para atolondrarme aún más, me sentía demasiado desgraciada para hundirme aún más.
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recordé asimismo otra habitación, una que yo creía haber olvidado por entero: un cuarto en cuya puerta fui yo la que me quedé sin habla mientras mi novia temblaba y se sonrojaba junto a su amante. Sonreí al ver a Diana en mi situación de antaño.
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Era como un hombre con una magulladura o un miembro roto que aprende a caminar entre la multitud de tal manera que nadie le roce la herida.
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había vagado por la ciudad, temerosa de toparme con Kitty al doblar una esquina; pensé en el disfraz que había adoptado para evitarla.
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Había amado a Kitty; siempre la amaría. Pero había vivido con ella una especie de extraña vida a medias, escondiéndome de mi auténtico ser. Desde entonces me había negado a amar totalmente, me había convertido –o eso creía– en una persona inmune a la pasión, que sonsacaba a otros secretas y humillantes confesiones de lascivia, pero sin ofrecer nunca la mía.
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un segundo sentí algo que no había sentido desde hacía siglos: la emoción de actuar con una compañera a mi lado
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Era como una persona a la que le han robado todo lo que posee y ama y que se vuelve a su vez una ladrona, no para disfrutar de los bienes de sus vecinos, sino para estropearlos.
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El té sabía como ella, y era un consuelo y un tormento atroz al mismo tiempo.
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Nadie vino a buscarme porque nadie sabía dónde estaba. Estaba escondida, perdida. Había abandonado a todos mis amigos y alegrías, y abrazado la pobreza como oficio. Durante una semana –y después otra, y otra más, y otra– no hice más que dormir, llorar y recorrer de un lado a otro mi alcoba
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hubiera deseado volver a ser la Nancy Astley de antaño, a la que Kitty Butler amaba con un amor normal que no tenía miedo de mostrar al mundo.
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mírate a ti misma y el camino que estás recorriendo y pregúntate si de verdad es el correcto.
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Era como si yo fuese Narciso, abrazando el estanque donde estaba a punto de ahogarse.
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por muchos éxitos que llegase a cosechar como chica, no serían nada comparados con los triunfos que podría alcanzar vestido de chico, por muy afeminado que pareciera.
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Yo tenía dieciocho años y no sabía nada. Pensé, en aquel momento, que me moriría de amor por ella.
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No le odiaba, o si lo hacía, era sólo del modo en que uno aborrece al espejo que muestra sus imperfecciones con una claridad estricta y espantosa.
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