Su boca tenía un borde renegrido, como labios, que cuando dormía tenía la forma de una sonrisa suave. Por encima de ella, a cada lado, un círculo de puntitos negros de los que salían sus bigotes. Esa parte se movía con la respiración. Cuando no lo hacía, Eloísa la despertaba para comprobar que estaba viva.
No podía separar a Baterflai del miedo.
El miedo a que un día le devolviera el nombre que Eloísa le había dado.