Kerstin Gier

Silber, el primer libro de los sueños

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    —Pensáis que habéis ganado, ¿verdad? Pensaréis que, quemando el libro y separándonos a Arthur y a mí, el asunto se ha terminado.

    Correcto.

    —¿Aunque el hecho de que estemos hablando aquí en este pasillo demuestre lo contrario? —Anabel nos miró desafiante.

    —No —dijo Henry tranquilamente—. Sino porque en este momento estás tumbada en una cama de hospital en Surrey, drogada con psicofármacos y sujeta a la cama por tu propia seguridad. —Sonrió compasivo—. Ya se ha acabado, Anabel.

    Los labios de Anabel temblaron y, por un momento, parecía como si fuera a romper a llorar. Pero entonces echó la cabeza atrás y se puso a reír.

    —Te equivocas, Henry —dijo—. En realidad, acaba de empezar.
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    ¿Sabes por qué empecé a creer en ese demonio? —preguntó en voz baja.

    Negué con la cabeza.

    —Porque mi deseo se había cumplido justo en el momento en el que te conocí.

    —¿Habías deseado conocer a alguien que llevara un queso apestoso en la maleta?

    No se rio de mi broma un poco mala, lo admito, sino que recorrió con un dedo el contorno de mis labios.

    —Eres como yo —dijo en serio—. Adoras los enigmas. Te gusta jugar. Aceptas los riesgos con gusto. Cuando existe la amenaza de volverse peligroso, para ti se pone fascinante. —Se agachó un poco más cerca y pude notar su cálido aliento—. Eso deseé. Conocer a alguien de quien me pudiera enamorar. Tú eres mi deseo soñado, Liv Silber.
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    En eso, no era el único. También Grayson había roto el contacto con Arthur. Sobre eso no quería hablar. Pero la primera noche después del baile, cuando yo había tenido miedo de cerrar los ojos más de un minuto, porque entonces siempre veía a Anabel con el cuchillo delante de mí, había venido a mi habitación sin dudar. Había arrastrado un sillón al lado de mi cama y, con sus maneras serias, había dicho: «Puedes dormirte, Liv. Yo cuido de ti». Como un auténtico hermano mayor.
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    me arrastró detrás de una de las columnas que separaban la antesala del vestíbulo. Me puso las manos en los hombros, me acercó a él y me miró a los ojos—. ¿Sabes de verdad lo terriblemente guapa que estás, Liv Silber? —me preguntó, y empezó a cubrirme de pequeños besos, primero en la boca y después en el cuello. De golpe, se me pasaron las ganas de comer. Quién habría podido imaginar que los besos tuvieran ese sorprendente efecto…
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    De todos modos, una cosa era saber que estabas bien; y otra era ver los ojos de Henry brillar. A él también le sentaba bastante bien el frac, aunque su peinado no pegaba con el traje formal: como siempre, el pelo se le escapaba descontrolado por todas partes.
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    Titubeante, alargué la mano y le acaricié el pelo. Hacía tiempo que quería hacerlo. Teniendo en cuenta lo salvaje que lo llevaba, tenía un tacto bastante suave.

    Enseguida se volvió hacia mí.

    —Tienes unos ojos bastante bonitos —dije en voz baja.

    En su cara, se dibujó una sonrisa.

    —Y en ti casi todo es bonito —replicó
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    Durante un rato, caminamos en silencio uno al lado del otro, e intenté mantener la respiración bajo control. Doblamos hacia un camino de gravilla que se extendía entre los árboles. El sol caía a través de las hojas otoñales y formaba círculos dorados en el suelo.

    —Echaba de menos esto —dijo Henry súbitamente, y carraspeó—. Te he echado de menos.

    Si en ese momento me hubiera alcanzado uno de los proyectiles de Mia, ni siquiera lo habría notado. Me quedé de pie en medio del camino. Henry se volvió hacia mí y me apartó un mechón de pelo de la cara.

    —Sin ti, soñar ya no es divertido, en cierto modo —dijo, e, inclinándose, me besó suavemente en la boca.

    Por unos segundos quedé sin aliento; después, noté que mis brazos, sin que yo interviniera, se levantaban y le rodeaban el cuello para atraerlo más hacia mí. Nos deseábamos intensamente. Henry puso una mano en mi cintura, la otra me envolvió la nuca y se hundió cariñosamente en mi pelo. Cerré los ojos. Justo así era como había que sentir los besos, de eso estaba segura. Empecé a notar un hormigueo por todo el cuerpo cuando de repente me soltó y se apartó un poco.

    —Como decía, te echo de menos —dijo en voz baja y volvió a cogerme de la mano para seguir por el camino.
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    Sí. No. Solo un poco. Respiré con dificultad. ¿A quién más había invitado Florence? ¿A su pareja de baile anónima sacada de las profundidades de la Sociedad Matemática? ¿Al chiflado hermano de Emily, Sam? ¿A Fulanita y a Menganita? ¿A Jasper y a Arthur? ¿A la orquesta sinfónica de Londres? ¿Y quizás a Secrecy para las fotos de recuerdo?
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    ? Pero yo pensaba… No poseo ningún objeto tuyo.

    —Tampoco lo necesitas si yo te invito personalmente y te pido que cruces el umbral —dijo Anabel.

    —Oh, ¿como con los vampiros?

    Anabel arrugó la frente sin comprender. Por lo visto, no conocía tan bien las costumbres de los vampiros. Bueno, al fin y al cabo su especialidad eran los demonios.
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    —Colocaos en círculo, hermanos y hermanas —exigió Arthur.

    Me mordí el labio. La última vez que me había puesto en círculo había sido en la guardería. «Al corro de la patata…». Pero, entonces, mi mirada se posó en el cuchillo y la risa que quería salir a borbotones volvió a esfumarse.
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    —Por tu sangre virgen. —Especificó Arthur—. Confirmas que eres virgen y que lo seguirás siendo hasta que se rompa el último sello.

    —¿Y cuándo se dará ese caso exactamente? Es decir, lo del último sello.

    —El Soberano de la Noche nos lo hará saber a su debido tiempo.

    Enarqué las cejas.

    —¿Acaso no puede ser un poco más preciso? No me gustaría acabar como mi tía Gertrude.

    Habría podido jurar que oí a Henry riéndose entre dientes, pero cuando le miré, se estaba examinando las manos.

    —Es decir, no es que tenga prisa —dije rápidamente—. Tan solo quiero ir sobre seguro.
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    La mirada se me desvió hacia Henry, pero enseguida tuve que volver a mirar hacia otra parte, porque había inclinado ligeramente la cabeza de forma que ahora se podía leer sobre su oreja en letras rosadas Deseo salvaje. Oh, Dios mío, odiaba el gusto literario de Mrs. Grant. ¿Por qué no podía acumular novelas de misterio?
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    Como de costumbre, Henry había apoyado la espalda en una estantería y se había cruzado de brazos. La madre de Jasper parecía tener predilección por las novelas románticas de colores pastel, y me desconcertaba mucho que, justo al lado de la cabeza de Henry, se pudieran leer títulos como ¡Bésame, rebelde! y Que me muera en tus fuertes brazos. Lo mejor sería dejar de mirar en esa dirección.
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    A las ocho y media, cuando Grayson aparcó el Mercedes de Ernest en Pilgrim’s Lane delante de la preciosa casa adosada de los padres de Jasper, me di cuenta de que, en todo caso, para mi propio horror, una parte de mí nada pequeña había empezado a alegrarse por lo de esta noche.

    La parte demente, supongo.
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    —Da completamente igual lo que lleves puesto —dijo Grayson—. ¿Desde cuándo eres tan… chica? Ahora mismo, la ropa es el menor de tus problemas.

    Ahí, obviamente, tenía razón. Sin embargo, dediqué una gran cantidad de tiempo a arreglarme para la noche. Si tenía una cita con un demonio, también quería ir guapa
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    Abrí la boca (es un decir, en realidad ya no tenía que abrir la boca, pues ya estaba abierta), pero antes de que pudiera decir algo, Henry tomó la palabra.

    —Aunque realmente ha sido una petición tremendamente romántica y absolutamente irresistible, por desgracia Liv debe rechazarla —dijo él.

    Naturalmente, eso era mucho más elegante que el rotundo «¡no!» que yo tenía en la punta de la lengua.
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    —Hola, Liv, qué bien que te encuentre aquí. Te presento a Sam y a Emily.

    —Yo soy la hermana de Sam —añadió Emily—. Y la novia de Grayson. Me alegro de conocerte. El sábado, en la fiesta, por algún motivo no coincidimos.

    Cierto, primero te estuviste morreando como si no hubiera un mañana y, después, prometí a tu novio y a sus amigos que les ayudaría a liberar del inframundo a un demonio.
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    Cuando Henry se rio, se me encogió el estómago. Se le formaban unas muescas tan tiernas en las comisuras de la boca cuando se reía y, además, también tenía unos dientes bonitos, y era un misterio cómo podía haber pensado alguna vez que su nariz era demasiado grande. Y esos ojos increíblemente fascinantes…

    —¿Estás bien? —preguntó preocupado.

    —Genial —dije yo mientras me daba una fuerte bofetada mentalmente.
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    Cuando Hamlet dijo «hay más cosas en el cielo y en la tierra que todas las que se puedan soñar», tuve que asentir vehementemente. Qué cierto, qué cierto.
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    Había abierto la puerta y, a su espalda, podía distinguir la luz difusa del pasillo. Pero ahora soltó el lagarto y volvía a estar a unos pasos de mí. Antes de que yo pudiera reaccionar, se había agachado hacia mí y me había besado en la boca. No fue un beso especialmente largo, en realidad no mucho más que un roce tierno de sus labios, sin embargo, cerré los ojos, fue como un reflejo al que no pude resistirme.

    Cuando volví a abrirlos un instante después, Henry ya había regresado al umbral de la puerta. Muy lejos de mí.

    —Lo que es verdad y lo que no, apenas puede distinguirse en este asunto —dijo—. Y sí, creo que esto no trata de cosas verdaderas. Pero no tiene por qué ser necesariamente malo. —Y dicho eso, dejó que la puerta se cerrara tras de sí y desapareció.
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