Fiódor Dostoievski

Noches Blancas

    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 6 días
    sé que hablo bien, pero soy culpable: no sé contarlo de otra manera. Y ahora, querida Nástenka, ahora me parezco a ese genio del rey Salomón que estuvo mil años en una vasija bajo siete sellos, y al que finalmente quitaron los siete sellos.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 18 días
    Y es que es tan fácil, tan natural crear este mundo de cuento, de fantasía! Como si en realidad no fueran visiones.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 18 días
    no desea nada porque está por encima de los deseos, porque lo tiene todo, porque está saciado, porque él mismo es el artista
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 18 días
    daría todos sus años de fantasía por un día de esa vida miserable,
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    Ahora, en su vida especial, él es rico, se ha vuelto rico de alguna manera y el rayo de despedida del sol al apagarse no brilla en vano frente a él y provoca en su corazón reconfortado todo un tumulto de sensaciones.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    bueno, a esa hora nuestro héroe, que tampoco ha estado sin hacer nada, camina detrás de los demás. Pero un sentimiento extraño de placer se cuela en su cara pálida, como ajada. Mira con ganas el crepúsculo vespertino que se va extinguiendo lentamente en el frío cielo de San Petersburgo. Cuando digo «mira», estoy mintiendo: él no mira, él observa como inconsciente, como si estuviera agotado u ocupado en algún otro objeto más interesante y por eso sólo puede dedicarle un instante, y casi involuntariamente, a todo lo que le rodea. Está contento porque por hoy ha terminado con las tareas que le enojan, alegre como un colegial al que han dejado salir del banco del aula a sus juegos y travesuras favoritos. Véalo desde un lado, Nástenka: enseguida verá que ese sentimiento de alegría ya ha tenido un efecto feliz sobre sus nervios débiles y su fantasía lastimosamente alterada.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    Existe una hora en mi día, amiga Nástenka, a la que tengo muchísimo cariño. Es esa hora en que acaban casi todas las tareas, los deberes y las obligaciones y todos se apresuran a llegar a casa para comer, echarse a descansar y, allí mismo, por el camino, inventan otros temas entretenidos que atañen a las tardes, a las noches y todo el tiempo libre que les queda.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    Ahora, querida Nástenka, cuando nos hemos vuelto a encontrar después de tan larga separación —puesto que hace mucho que la conozco, Nástenka, hace mucho que buscaba a alguien, y esto es una señal de que la buscaba precisamente a usted y de que estábamos destinados a encontrarnos—, en mi cabeza se han abierto miles de válvulas y tengo que verter ríos de palabras o me ahogaré.
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    ¿Por qué el amigo que se va suelta una carcajada tras salir por la puerta y allí mismo se da palabra de no volver nunca a casa de ese estrafalario —aunque este estrafalario sea en realidad una buenísima persona— y, al mismo tiempo, no puede en modo alguno negarle a su imaginación un pequeño capricho: durante el encuentro haber estado comparando, aunque sea débilmente, la fisonomía de su reciente interlocutor con el aspecto de un infeliz gatito al que unos niños, tras haberlo atrapado pérfidamente, han aplastado, atemorizado y dañado de múltiples maneras, le han dado un susto mortal, pero al fin logra esconderse bajo una silla, a oscuras, y allí se queda la siguiente hora erizado, resoplando y lavando con ambas patas su hocico dañado, y mucho tiempo después sigue contemplando con hostilidad la naturaleza, la vida y hasta el trozo de comida señorial reservado para él por un ama de llaves compasiva?
    EDUARDO HERNANDEZcompartió una citahace 2 meses
    soñador —por si necesita una definición minuciosa— no es una persona, ¿sabe?, sino una criatura de género neutro. Habita mayormente en algún rincón inaccesible, como si se ocultara hasta de la luz del día y, cuando se encierra en sí mismo, se adhiere a su rincón como un caracol, o cuando menos se parece mucho en su relación a ese curioso animal que es animal y casa al mismo tiempo y que se llama tortuga. ¿Usted qué cree, por qué quiere tanto a sus cuatro paredes pintadas infaliblemente de verde, sucias de hollín, desoladoras y amarillentas de tabaco hasta lo inadmisible? ¿Por qué este ridículo señor, cuando viene a visitarlo alguno de sus escasos conocidos —lo que acaba en que todos sus conocidos se esfuman—, por qué este ridículo señor los recibe tan desconcertado, con el rostro tan cambiado y tan turbado como si acabara de cometer un crimen entre esas cuatro paredes, como si fabricara billetes falsos o unos poemillas para enviar a una revista junto con una carta anónima donde se revela que el auténtico poeta ya ha muerto y que un amigo suyo cree que es un deber sagrado publicar los versos? Dígame, Nástenka, ¿por qué se les apaga la conversación a estos dos interlocutores? ¿Por qué ni una risa ni una palabra animada sale de la lengua del perplejo amigo que ha entrado inesperadamente y al que en otros momentos le encantan la risa, las palabras animadas, las conversaciones sobre el bello sexo y otros temas divertidos? ¿Por qué, al fin, este amigo, probablemente un conocido reciente, ante su primera visita —y no habrá una segunda, pues el amigo no va a volver—, por qué también el amigo con toda su agudeza —si es que la tiene— está tan desconcertado, tan tieso, mirando el rostro girado de su anfitrión, quien, a su vez, ya está completamente aturdido y perdido con los últimos esfuerzos titánicos pero infructuosos por enderezar y alumbrar la conversación, por demostrar que también él tiene mundo, por hablar también él del bello sexo y al menos con tal sumisión gustar al pobre hombre que había llegado donde no debía, que había ido a visitarlo por error? Y, por fin, ¿por qué de pronto el invitado agarra su sombrero y se marcha presto al recordar inesperadamente un asunto urgentísimo, que nunca ha existido, y libera de cualquier manera su mano del cálido apretón del anfitrión, quien se esfuerza por todos los medios en mostrar remordimiento y en corregir lo perdido?
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