—¿Qué pureza? —pregunté yo. Y me arrepentí al instante.
Afortunadamente, el hermano Evans estaba demasiado ocupado con su carne y su jarra de vino, y no me miró. No pudo advertir la violencia púrpura que se me asentó en la cara.
—La pureza.
—¿Qué forma de pureza diría usted que le interesaba a Pitágoras? —insistió la madre Sandra—. ¿La que deriva de la castidad? ¿O la que tiene que ver con lo exacto? ¿O con lo estricto? La pureza puede referirse a muchas cosas. Lo que está libre de imperfecciones. Lo que no tiene contaminación de otros elementos. Lo irreprochable. Esta mesa está hecha de una madera sin tratar. Roble macizo. No verá un solo clavo en ella. ¿Podríamos decir que esta mesa es pura?
—Purísima —dijo Evans.
La madre Sandra puso el cuchillo sobre el plato, a un lado, y se limpió los labios con una esquina de la servilleta para volver a dejarla sobre las piernas, con enorme cuidado, colocándola como estaba antes. Estiró la espalda y posó los ojos sobre cada una de nosotras, que la observábamos con una atención que variaba según de quién se tratara. Con curiosidad, algunas. Con desinterés, otras. Muy seria, yo. Ella parecía analizar nuestros gestos y nosotras la mirábamos a ella, sin excepción. De una manera más vigilante o más descuidada.