Una magia más oscura, Victoria Schwab
Victoria Schwab

Una magia más oscura

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La vería de nuevo. Sabía que sí. La magia curvaba el mundo. Le daba forma. Había puntos fijos. La mayoría del tiempo, esos puntos eran lugares. Pero a veces, casi nunca, eran personas. Para alguien que nunca se estaba quieto, Lila aun así se sentía como un clavo en el mundo de Kell. Uno en el que él seguramente se engancharía.

No sabía qué decir, así que simplemente dijo:

—Mantente alejada de los problemas.

Ella le lanzó una sonrisa que decía que no lo haría, por supuesto.

Y entonces se levantó el cuello del abrigo, se metió las manos en los bolsillos y se fue caminando.

Kell la observó irse.

Ella nunca miró hacia atrás.
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—No hay nada para mí allí —dijo, abriendo y cerrando el reloj—, ya no.

—Tampoco perteneces aquí —dijo él con simpleza.

Ella se encogió de hombros.

—Encontraré mi camino. —Y entonces levantó el mentón y lo miró a los ojos—. ¿Y tú?

Él sintió una leve punzada en la cicatriz sobre su corazón, un dolor fantasma, y se frotó el hombro.

—Lo intentaré.
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—No me gusta la forma en que los guardias me miran —habló, antes de levantar la vista y ver los ojos dorados del príncipe sobre ella—. Lo siento —agregó—, no era mi intención entrometerme.

—Entonces, ¿cuál era tu intención? —desafió Kell.

Rhy levantó una mano.

—Definitivamente no estás entrometiéndote —dijo, empujándose contra la cama para estar más alto—. Aunque me temo que no me encuentras en las mejores condiciones ni en mi usual gracia. ¿Tú nombre?

—Delilah Bard —respondió ella—. Ya nos habíamos conocido. Y te veías mucho peor.

Rhy se rio silenciosamente.

—Me disculpo por cualquier cosa que pude haber hecho. No era yo.

—Me disculpo por dispararte en la pierna —dijo Lila—. Sí era yo, por completo.

Rhy sonrió su sonrisa perfecta.

—Me gusta esta chica —le dijo a Kell—. ¿La puedo tomar prestada?

—Lo puedes intentar —replicó Lila, con una ceja levantada—, pero serás un príncipe sin dedos.

Kell hizo una mueca, pero solo Rhy se rio. La risa rápidamente se disolvió a un gesto de dolor, y Kell se acercó para calmar a su hermano, incluso cuando el dolor hizo eco en su propio pecho.

—Deja el flirteo para cuando estés bien —dijo.

Kell se puso de pie y comenzó a acompañar a Lila afuera.

—¿Te veré de nuevo, Delilah Bard? —la llamó el príncipe.

—Quizá nuestros caminos vuelvan a cruzarse.

La sonrisa de Rhy se torció.

—Si de mí depende, entonces lo harán.

Kell revoleó los ojos, pero pensó haber atrapado a Lila sonrojándose mientras la guiaba hacia afuera y cerraba la puerta, dejando al príncipe para que descanse.
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—¿Por qué lo tomaste? —preguntó cuando el príncipe estuvo acostado.

Por una vez, Rhy no lo miró a los ojos.

—Holland me dijo que me daría fuerza.

Kell arrugó la frente.

—Tú ya eres fuerte.

—No como tú. Quiero decir, sé que nunca seré como tú. Pero no tengo habilidad con la magia y me hace sentir débil. Un día seré rey. Quería ser un rey fuerte.

—La magia no hace fuerte a la gente. Rhy. Confía en mí. Y tienes algo mejor. Tienes el amor de la gente.

—Es fácil ser querido. Yo quiero ser respetado y pensé… —La voz de Rhy era apenas un susurro—. Tomé el collar. Todo lo que importa es que lo tomé. —Comenzaron a escapársele las lágrimas, que caían sobre sus rulos negros—. Y pude haber arruinado todo. Pude haber perdido la corona antes de siquiera usarla. Pude haber condenado a mi ciudad a la guerra o al caos o al colapso.

—Qué hijos tienen nuestros padres —dijo Kell con suavidad—. Entre los dos, haremos pedazos este mundo entero.

Rhy dejó escapar un sonido sofocado, mezcla de risa y llanto.

—¿Nos perdonarán alguna vez?

Kell mostró una sonrisa.

—Ya no estoy encadenado. Eso habla de progreso.
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—¿Cómo pudiste? —dijo, y a Kell le preocupó que el príncipe estuviera resentido por estar atado a él. En vez de eso, Rhy agregó—: ¿Cómo pudiste cargar ese peso?

—Es lo que es, Rhy. No puede ser deshecho. Así que, por favor, siéntete agradecido y termina con esto.

—¿Cómo podría? —dijo con fastidio, ya cambiando a un tono más juguetón—. Está tallado en mi pecho.

—A las amantes les gustan los hombres con cicatrices —dijo Kell, que sonrió—, o eso escuché.
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—No dejan que me levante los bastardos —refunfuñó Rhy, mirándolos con furia—. Si no puedo irme —les dijo—, entonces sean tan amables de irse ustedes. —El peso de las pérdidas y la culpa, emparejados con la molestia de las heridas y el confinamiento, habían puesto a Rhy de un humor espantoso—. Adelante —agregó cuando sus sirvientes se levantaron—, hagan guardia afuera. Háganme sentir más prisionero de lo que ya me siento.

Cuando se hubieron ido, Rhy suspiró y se dejó caer hacia atrás contra las almohadas.

—Solo quieren ayudarte —dijo Kell.

—Quizá no sería tan malo —respondió— si fueran más lindos a la vista. —Pero la burla infantil sonó extrañamente vacía. Sus ojos encontraron los de Kell y su mirada se oscureció—. Cuéntamelo todo —dijo—, pero empieza por esto. —Se tocó el lugar sobre el corazón donde llevaba una cicatriz igual a la de Kell—. ¿Qué estupidez has hecho, hermano mío?

Kell bajó la vista a las sábanas de color rojo intenso de la cama y se apartó la camisa para mostrar la cicatriz en espejo.

—Solo hice lo que tú hubieras hecho si hubieses estado en mi lugar.

Rhy frunció el entrecejo.

—Te quiero, Kell, pero no tenía ningún interés en tener tatuajes iguales.

Kell sonrió con tristeza.

—Te estabas muriendo, Rhy. Te salvé la vida.

No podía terminar de convencerse de decirle toda la verdad a Rhy: que la piedra no solo le había salvado la vida, sino que la había recuperado.

—¿Cómo? —exigió el príncipe—. ¿A qué costo?

—Uno que pagué —dijo Kell—. Y volvería a pagar.

—¡Contéstame sin rodeos!

—Amarré tu vida a la mía —dijo Kell—. Mientras yo viva, también tú.

Los ojos de Rhy se abrieron de par en par.

—¿Que hiciste qué? —susurró horrorizado—. Debería salir de esta cama y retorcerte el cuello.

—Yo no lo haría —aconsejó Kell—. Tu dolor es mío y el mío es tuyo.
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Ahora Rhy estaba recostado en su cama. Tenía ojeras, pero se veía más aburrido que enfermo, y eso era todo un progreso. Los sanadores lo habían tratado lo mejor que pudieron (también habían tratado a Kell y a Lila), pero el príncipe no estaba curándose tan rápido como debería. Kell sabía por qué, por supuesto. Rhy no había sido simplemente herido, como les habían dicho. Había estado muerto.

Dos asistentes estaban parados al lado de una mesa y había un guardia sentado en una silla junto a la puerta, y los tres observaron cómo Kell entraba. Parte del malhumor de Rhy venía del hecho de que el guardia no era ni Parrish ni Gen. Ambos habían sido hallados muertos —uno por una espada y el otro por la fiebre negra, como rápidamente fue llamada, que se había propagado por la ciudad—, un hecho que preocupaba a Rhy tanto como su propia condición.
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—Adelante.

Kell nunca había estado tan contento de escuchar la voz de su hermano. Abrió la puerta y entró en la habitación de Rhy, tratando de no recordar en qué condiciones había estado cuando la dejó la última vez, con el piso manchado con la sangre del príncipe.
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—¿Dónde está nuestro hijo? —suplicó. La forma en que lo dijo, como si solo tuviera uno, hizo que Kell se estremeciera.

—¿Está Rhy vivo? —exigió el rey.

—Gracias a Kell —intervino Lila—. Hemos pasado el último día intentando salvar su reino y ustedes ni siquiera…

—Está vivo —dijo Kell, interrumpiéndola—. Y vivirá —agregó, sosteniéndole la mirada al rey— mientras yo viva. —Había un ligero desafío en la oración.

—¿Qué quieres decir?

—Señor —dijo Kell, rompiendo el contacto visual—. Solo hice lo que tenía que hacer. Si hubiese podido darle mi vida, se la hubiese dado. En vez de eso, solo pude compartirla. —Se retorció contra sus ataduras para que el borde de la cicatriz quedara visible debajo del cuello de su camisa. La reina lanzó un grito silencioso. El rostro del rey se oscureció.
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El Londres Rojo cobró forma alrededor de Kell, en la noche profunda. Olía a tierra y fuego, a flores y té especiado y, debajo de todo eso, a casa. Kell nunca había estado tan feliz de regresar. Pero su corazón se estrujó al darse cuenta de que tenía los brazos vacíos.

Lila no estaba con él.

No había logrado regresar.

Kell tragó saliva y bajó la vista al souvenir en su mano ensangrentada. Y luego lo arrojó con tanta fuerza como pudo. Cerró los ojos y respiró hondo, en un intento por tranquilizarse.

Y entonces escuchó una voz. La de ella.

—Nunca pensé que estaría tan contenta de oler flores.

Kell parpadeó y se dio vuelta para ver a Lila ahí parada. Viva y en una sola pieza.

—No es posible —dijo.

La comisura de la boca de Lila se curvó.

—También me alegro de verte.

Kell arrojó los brazos alrededor de ella. Y por un segundo, solo un segundo, ella no lo apartó, no amenazó con apuñalarlo. Por un segundo, solo un segundo, ella le devolvió el abrazo.

—¿Qué eres? —preguntó él, sorprendido.

Lila solo se encogió de hombros.

—Terca.
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La piedra se deslizó afuera de sus dedos y golpeó el piso con un tintineo apagado. No había nada en ella ahora, ni zumbido, ni urgencia, ni promesas. Solo era un pedazo de roca.

Lila estaba diciendo algo y, por una vez, no sonaba enojada, no tan enojada como siempre, pero no podía oír por el martilleo de su corazón mientras llevaba una mano temblorosa al cuello de su camisa. Realmente no quería ver. No quería saber. Pero tiró del cuello hacia abajo de todas formas y miró la piel sobre su corazón, el lugar donde el sello había atado la vida de Rhy a la suya.

El entramado negro de la magia había desaparecido.

Pero la cicatriz no. El sello mismo aún estaba intacto. Lo que significaba que no había sido solamente atado a Vitari. Había sido amarrado a él.

Kell dejó salir un sollozo de alivio.

Y finalmente, el mundo alrededor de él volvió a estar en foco.
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Había una palabra. Vitari era magia pura. Y toda magia estaba atada a reglas. A un orden. Vitari era creación, pero todo lo que podía ser creado también podía ser destruido. Disipado.

—As Anasae —dijo Kell. Sintió un destello de poder. Pero no pasó nada.

La mano libre de Vitari se cerró alrededor de su garganta.

—¿Realmente creíste que eso funcionaría? —se burló la magia con forma de Kell, pero había algo en su voz y en la forma en que se tensionó. Miedo. Podía funcionar. Funcionaría. Tenía que hacerlo.

Pero la magia antari era un pacto verbal. Nunca había podido invocarla solo con un pensamiento y aquí, en su cabeza, todo era pensamiento. Kell tenía que decir la palabra.
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Él escuchó la voz de Lila. Lejana y tan estirada que las palabras, un eco de un eco, apenas le llegaron. Pero escuchó un nombre. Rhy.

Si moría, también lo haría Rhy. No podía dejar de pelear.
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—¿Cómo supiste? —preguntó Lila, bajando la vista a los escombros de la reina—. ¿Cómo supiste que no era yo?

Kell se las ingenió para mostrar una sonrisa exhausta.

—Porque dijo «por favor».

Lila lo miró fijo, en shock.

—¿Es una broma?

Kell se encogió ligeramente de hombros. Le tomó mucho esfuerzo.

—Solo lo supe —dijo.

—Solo lo supiste —repitió en eco ella.
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Él quería matar a Astrid Dane. Pero más que eso, quería que sufriera. Por su hermano. Su príncipe. Porque en ese momento, al mirar fijo los grandes ojos azules, todo lo que pudo ver fue a Rhy.

Rhy usando su colgante.

Rhy con una sonrisa que era demasiado cruel y demasiado fría para ser suya.

Rhy cerrando los dedos contra la garganta de Kell y susurrando a su oído las palabras de otro.

Rhy lanzándole un cuchillo al estómago.

Rhy —su Rhy— desplomándose al suelo de piedra.

Rhy sangrando.

Rhy muriendo.

Kell quería aplastarla por lo que había hecho. Y en sus manos, el deseo se convirtió en voluntad y la oscuridad comenzó a extenderse desde el cuchillo enterrado en el estómago de la reina. Trepó por su ropa y debajo de su piel y transformó todo lo que tocaba en piedra blanca y opaca. Astrid intentó abrir la boca, para hablar o gritar, pero antes de que ningún sonido pudiera escapar por sus dientes apretados, la piedra le llegó al pecho, a la garganta, a sus labios descoloridos. Pasó por el estómago, bajó por las piernas y sobre las botas, antes de dar directo contra el suelo picado. Kell se quedó ahí, mirando a la estatua de Astrid Dane, con los ojos abiertos en shock congelados, con los labios en un gruñido permanente. Ahora se veía como el resto del patio.

Pero no era suficiente.
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Astrid se estiró, arrancó la máscara con cuernos del rostro de Lila y la lanzó a un lado. Agarró el mentón de Lila y le giró la cara hacia la propia.

—Hay una cosita bonita —dijo la reina— debajo de toda esa sangre.
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Había querido libertad. Había querido aventuras. Y no creía que le importara morir por ello. Solo deseaba que morir no doliera tanto.
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Lila sabía que iba a perder.

Lila sabía que iba a morir.

Pero ni loca dejaría que su muerte no contara para nada.

A juzgar por el estruendo que venía de los terrenos del castillo a su alrededor, Kell tenía las manos ocupadas. Lo menos que ella podía hacer era mantener en uno el número de Danes con los que él tenía que pelear. Darle un poco de tiempo.

Sinceramente, ¿qué le había pasado? La Lila Bard del sur de Londres cuidaba de sí misma. Esa Lila jamás malgastaría su vida por otra persona. Nunca elegiría lo correcto por sobre lo incorrecto en tanto lo incorrecto significara mantenerse con vida. Nunca hubiese regresado a ayudar al extraño que la había ayudado a ella. Lila escupió una bocanada de sangre y se enderezó. Quizá nunca debería haber robado la maldita piedra, pero incluso aquí y ahora, enfrentando la muerte en la forma de una reina pálida, no lo lamentaba. Había querido libertad. Había querido aventuras. Y no creía que le importara morir por ello. Solo deseaba que morir no doliera tanto.
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—Se terminó, Athos —dijo Kell—. Su plan falló.

Athos sonrió con amargura.

—Eres como Holland —dijo—. ¿Sabes por qué no pudo tomar la corona? Nunca disfrutó de la guerra. Veía el derramamiento de sangre y las batallas como un medio para llegar a un fin. A un destino. Pero yo siempre disfruté del viaje. Y te prometo que voy a saborear este.
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El paso sin obstáculos era en sí un desafío. Un acto de arrogancia digno del rey blanco.
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