Citas de “Comí” de Martín Caparrós

Cago, echo un chorro, transpiro mierda sobre el inodoro pero si pudiera creerlo en serio y actuar en serio en consecuencia sería un animal: uno que ignora –que consigue ignorar, aunque sepa– su muerte, porque la muerte –dice la voz distinta
garganta se me cierra una vez más y una vez más pienso que me arrepiento de haber fumado
todo lo que podría no haber fumado, pero la idea es demasiado razonable: el intento de mantener cierto control suponiendo que lamento sólo lo que podría no haber hecho pero hice y no, en cambio, el núcleo duro, lo que necesitaba hacer; la garganta me arde más que nunca: entonces me arrepiento de todo lo que podría haber fumado y no fumé, porque si no hubiera sido tan tibio, tan cobarde, si hubiera fumado todo lo que quise, ahora estaría muerto y no muerto de miedo ante la estúpida amenaza.
Es un
van a encontrar con la mano izquierda firmemente posada en mis huevos. Quizá sea normal, quizá se sorprendan: no lo sé, no he visto mucha gente muerta. Me preocupa que no me preocupe –es una sensación nueva, intrigante– pero de verdad me da igual lo que piensen cuando vean que hasta último momento me aferré a mí, tan poca cosa.
Pero
Pero qué raro debe ser vivir en la fe como quien vive en el barrio donde ha vivido siempre, sin pensar, sin preguntarse nada. Y comerse una hostia, tantas hostias, o pan sin levadura.
Llego
que partes de mi cuerpo todavía puedan seguir envejeciendo. Me río, digamos que me río; en ese encuentro con el pelo encuentro la evidencia de algo que no sabía: la medida en que creo que ya estoy todo lo degradado que podría estar, y la evidencia alentadora de que me puedo seguir degradando todavía.
Y entonces
El cuerpo recibe su materia, la procesa, usa lo que le sirve –todo lo que le sirve, de formas tan distintas– y cuando, pese a sus esfuerzos, topa con material que realmente no sabe aprovechar, lo vuelve mierda y lo devuelve al mundo. El cuerpo, animal incorrecto, es implacable, inmune a las ñoñeces de la tolerancia: establece una jerarquía sin fisuras entre lo que sirve y lo que no sirve –y actúa en consecuencia. Caga, defeca, excreta, se deshace, expulsa: produce categorías terminantes
La cultura contemporánea está llena de matices, de pudores, de correcciones varias, de considerandos y consideraciones que le impiden decir que tantas cosas –personas, actitudes, libros, películas, sistemas sociales, una filosofía, un negocio, más personas– son absolutamente inútiles. El cuerpo en cambio no se corta: cagar es opinar rotundo, sin matices.
la forma oficinista: nada muy grave, muchos momentos módicamente intolerables para evitar uno definitivo
palabra?– que el miedo de la muerte causa mucho más dolor que la muerte
que no lo hicimos porque yo no soporté ser ése, porque no soporto no ser el que querría, porque no hay nada más repugnante que la idea de un hombre que le pega a una mujer, aunque ella quiera. Pero puede que haya algo peor: la idea de realmente unirme a alguien. Ahora pienso –¿por qué pienso?– que quizá llegó el momento de aceptarlo, de unirnos de verdad, de ser reales: sí, morocha, cuando vuelva tenemos que hablar de un par de cosas
Hace años que evito ver mi cuerpo en el espejo. Por lo menos, no verlo desnudo; vestido soy, al fin y al cabo, el atril de una serie de piezas folclóricas compuestas con tejidos industriales: dos tubos idénticos de tela unidos por arriba, una lonja de cuero que los fija en su puesto, una bolsa de tela abierta al medio con dos agregados tubulares en los lados: invenciones ramplonas, nada preocupante. Pero desnudo no puedo soportarlo: desnudo veo tan claro, tan espantosamente claro que soy –como somos todos, como todos tratamos de olvidar que somos– un amasijo de arbitrariedades sin sentido.
construcción ideológica según la cual sería más apetecible una carne joven que la carne vieja sino los signos visibles reales materiales de la caída de lo que fue firme y ahora es fugitivo–, pero creo que no es cierto: puede ser que la visión de lo arruinado me haya permitido percibir aquello que la lozanía supo disimular, pero, aun así, ahora que lo he visto, no puedo entender cómo me pasé tantos años sin entender que un cuerpo es un objeto inverosímil, una reunión de caprichitos.
La
La máquina está –cuidadosa, afortunadamente– oculta, y lo que está oculto está olvidado y sólo nos obliga a recordarlo cuando produce lo que no debería –cuando comunica de algún modo que no funciona como debería– y entonces se pone en marcha la otra máquina. Que trata de mirarla pero la mira mal, con su mirada bizca, defectuosa, colmada de prejuicios: sólo la mira en serio para ver el error, cuando se para, cuando ya no funciona en absoluto, cuando ya importa poco, en sitios como éste. Frente a tanta amenaza, lo más sensato es el olvido.
Mi amigo Pablo me dijo una vez que la proliferación descontrolada que no queremos ni nombrar con un nombre ocurre una vez de cada cien mil millones de millones de veces que una célula decide dividirse: es poco, es mucha mala suerte. Es poco, pero ocurre tanto. Y aun cuando no ocurre, suceden tantas cosas. E
Y que pudimos, a lo largo del tiempo, adjudicarle valores estéticos variados: suponer, un suponer, que los cilindros inferiores son mejores cuanto más alargados, menos anchos, que sus terminaciones e inserciones traseras en el bofe central son tanto más loables cuanto más acolchadas, que el bofe es más coqueto si sus paredes delanteras no se dejan presionar por su interior, que es más gracioso si se acerca a una forma de pirámide invertida, que –incluso– los reservorios de sebo de las hembras deben ser grandes pero no pendientes, que hay proporciones que las distintas partes deben mantener: profusión de normas y normitas. Me desespera: no hay resignación más servil, más humillada y necia, en un mundo ya suficientemente resignado, que esta aceptación de que, ya que somos como somos, así debemos ser, que así está bien, que así es incluso lindo. No hay traducción más clara de nuestro destino de siervos satisfechos, de nuestra falta de conciencia crítica, de nuestra banalidad agradecida que soportar mirarnos al espejo.
Si fuéramos coherentes con la ideología de la salud –que tan bien se ha impuesto desde que no nos quedan otras esperanzas– comeríamos todo el tiempo carne de persona
Pero no hay nada más fácil que la moral. Subirse a la moral –loma con ascensor y baranditas– y mirar desde ahí arriba condescendientes infatuados. Nada como una moral te da la sensación de estar subido a alguna parte: de saber qué, saber por qué, ahorrarse las preguntas.
para poder internarme en mi culpa sin más límites: si ahora estoy aquí es porque comí lo que comí, soy lo que hice de mí, soy esa mierda
es fácil la maldad. Maldad –la maldad verdadera– no es pegarle a un chico, estafar a un amigo, matar a un ex amante, hundir con un soplo a un compañero de trabajo –cuyo puesto no necesito ni apetezco–: ésas son formas laboriosas del placer. La única maldad –la única violencia verdadera– es seriamente abandonarse. Un ejemplo –un ejemplo demasiado a propósito– sería volverme a casa, ahora: saber que este cuerpo –mi cuerpo– se está deshaciendo y dejarlo hacer, dejar que siga su camino de alejarse. Atacarse: so innúmeros pretextos atacarse. Sólo la destrucción de uno
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