Citas de “El hombre de la máscara de hierro” de Alexandre Dumas

Jesus Castrejon
Jesus Castrejoncompartió una citahace 2 meses
El hombre inteligente nunca se aburre cuando ejercita el cuerpo, como el sano nunca deja de parecerle leve carga la vida si algo le cautiva el espíritu
anikaoboe
anikaoboecompartió una citahace 8 meses
adversarios de su padre.

—Nos quedamos aquí.

—Ved que la orden es formal, señores.

—Soy obispo de Vannes, señor de Biscarrat, y así como no arcabucean a un obispo, tampoco ahorcan a un noble
Néstor Daniel Plaza
Néstor Daniel Plazacompartió una citahace 8 meses
Sonaban las siete de la tarde en el gran reloj de la Bastilla.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
Dios ha hecho cuanto vemos, Raúl y también a nosotros, átomos de ese gran universo. Brillamos como aquellos faroles, como las estrellas: suspiramos como las olas, sufrimos como aquellas grandes naves que se consumen arando las aguas, obedientes al viento que las lleva hacia su puerto, como a nosotros el soplo de Dios nos empuja a nuestro fin. Todo ama y vive, Raúl, y todo cuanto vive es hermoso
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
«señorita: en vez de maldeciros, os amo y muero»
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
Para gozar de la inefable dicha de repetiros que os amo cometo la cobardía de escribiros y en castigo de mi cobardía, muero.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
Señorita: no sois culpable a mis ojos porque no me amáis, sino porque habéis consentido que yo creyera que me amabais; este error va a costarme la vida, y que si os lo perdono a vos, no me lo perdono a mí. Dicen que los amantes felices cierran los oídos a las quejas de los amantes desdeñados; pero como vos no me amabais, no pasará eso con vos, sino que me escucharéis con ansiedad. Estoy seguro que de haber insistido yo para con vos para trocar vuestras amistad en amor, hubierais cedido temerosa de acarrearme la muerte o de aminorar la estima en que os tenía; pero prefiero morir sabiendo que sois libre y dichosa. ¡Cuánto vais a amarme cuando ya no tengáis que temer mi mirada ni mis reproches! Me amaréis, sí, porque por muy encantador que os parezca un nuevo amor, Dios en nada me ha hecho inferior a aquel a quien habéis escogido, y porque mi devoción, mi sacrificio, mi doloroso fin, me aseguran a vuestros ojos una superioridad segura sobre él. En la sencilla credulidad de mi corazón, he dejado escapar el tesoro que en mis manos tuve; ni falta quien me diga que vos me amábais lo bastante para llegar con el tiempo a amarme mucho. En verdad, esto dulcifica mi amargura y hace que vea en mí mi único enemigo.

Recibid este último adiós, y agradecedme el que me haya refugiado en el inviolable asilo donde todo odio se extingue, donde perdura el amor.

Adiós, mi señorita, y estad segura de que si con mi sangre pudiese yo labrar vuestra dicha, os la daría hasta la última gota, puesto que la sacrifico a mi desgracia.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
para el corazón verdaderamente enamorado, nada reemplaza el recuerdo y el pensamiento del objeto amado.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
El sufrimiento en esta vida está en proporción de las fuerzas humanas.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
La embriagadora perspectiva de la vida campestre, libre de cuidados, temores y escaseces, el océano de días venturosos que reverbera a los ojos de la juventud, he ahí el verdadero cebo en que puede quedar prendido un infeliz cautivo, gastado por las piedras del calabozo, enervado por la falta de aire de la prisión. Y aquél fue el cebo que le presentó Aramis al ofrecerle los mil doblones y el encantado edén que ocultaban a los ojos del mundo los desiertos del Bajo Poitú.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
ahora su mirada era como la de Satanás cuando, en la cima de la montaña, quería tentar a Jesucristo mostrándole los reinos y las potestades de la tierra.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
¡Ah! antes bien sepultadme en negra caverna y en lo más intrincado de una montaña: proporcionadme la alegría de oír en libertad los rumores del río y del llano, de ver en libertad el sol, el firmamento, las tempestades; esto me basta. No me prometáis más, porque no podéis darme más y el engañarme sería un crimen, tanto más cuanto os llamáis mi amigo
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
—Que el hombre debe procurar crearse en la tierra una fortuna que Dios le ha negado al nacer; que yo, pobre, huérfano y oscuro, no podía contar más que conmigo mismo, toda vez que no había ni habría quien se interesara por mí…
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
—Doy el nombre de libertad a las flores, al aire, a la luz, a las estrellas, a la dicha de ir adonde os conduzcan vuestras nerviosas piernas de veinte años.

—Mirad —respondió el joven dejando vagar por sus labios una sonrisa que tanto podía ser de resignación como de desdén—, en ese vaso del Japón tengo dos lindísimas rosas, tomadas en capullo ayer tarde en el jardín del gobernador; esta mañana han abierto en mi presencia su encendido cáliz, y por cada pliegue de sus hojas han dado salida al tesoro de su aroma, que ha embalsamado la estancia. Mirad esas dos rosas: son las flores más hermosas ¿Porqué he de desear yo otras flores cuando poseo las más incomparables?

Aramis miró con sorpresa al joven.

—Si las flores son la libertad —continuó con voz triste el cautivo— gozo de ella, pues poseo las flores.

—Pero ¿y el aire? —exclamó Herblay—, ¿el aire tan necesario a la vida?

—Acercaos a la ventana —prosiguió el preso—, está abierta. Entre el cielo y la tierra, el viento agita sus torbellinos de nieve, de fuego, de tibios vapores o de brisas suaves. El aire que entra por esa ventana me acaricia el rostro cuando, subido yo a ese sillón, sentado en su respaldo y con el brazo en torno del barrote que me sostiene, me figuro que nado en el vacío.

—¿Y la luz? —preguntó Aramis, cuya frente iba nublándose.

—Gozo de otra mejor —continuó; el preso—. Gozo del sol, amigo que viene a visitarme todos los días sin permiso del gobernador, sin la compasión del carcelero. Entra por la ventana, traza en mi cuarto un grande y largo paralelogramo que parte de aquélla y llega hasta el fleco de las colgaduras de mi cama. Aquel paralelogramo se agranda desde las diez de la mañana hasta mediodía, y mengua de una a tres, lentamente como si le pesara apartarse de mí tanto cuanto se apresura en venir a verme. Al desaparecer su último rayo, he gozado de su presencia cuatro horas. ¿Por ventura no me basta eso? Me han dicho que hay desventurados que excavan canteras y obreros que trabajan en las minas, que nunca ven el sol.

Aramis se enjugó la frente.

—Respecto de las estrellas, tan gratas a la mirada —continuó el joven—, aparte el brillo y la magnitud, todas se parecen. Y aun en ese punto salgo favorecido; porque de no haber encendido vos esa bujía, podíais haber visto lo hermosa estrella que veía yo desde mi cama antes de llegar vos, y de la cual me acariciaba los ojos la irradiación.

Aramis, envuelto en la amarga oleada de siniestra filosofía que forma la religión del cautiverio, bajó la cabeza.

—Eso en cuanto a las flores, al aire, a la luz y a las estrellas —prosiguió el joven con la misma tranquilidad—. Respecto del andar, cuando hace buen tiempo me paseo todo el día por el jardín del gobernador, por este aposento si llueve, al fresco si hace calor, y si hace frío, lo hago al amor de la lumbre de mi chimenea. —Y con expresión no exenta de amargura, el preso añadió—: Creedme, caballero, los hombres han hecho por mí cuanto puede esperar y anhelar un hombre.

—Admito en cuanto a los hombres —replicó Aramis levantando la cabeza—, pero creo que os olvidáis de Dios.

—En efecto, me he olvidado de Dios —repuso con la mayor calma el joven—. Pero ¿por qué me decís eso? ¿A qué hablar de Dios a los cautivos?

Aramis miró de frente a aquel joven extraordinario, que a la resignación del mártir añadía la sonrisa del ateo, y dijo con acento de reproche.

—¿Por ventura no está Dios presente en todo?

—Al fin de todo —arguyó con firmeza el preso.
Carlos Khokhlova
Carlos Khokhlovacompartió una citael año pasado
Dios es el médico supremo de los males del alma, la naturaleza es el remedio soberano.
Omar Fernando
Omar Fernandocompartió una citahace 2 años
Aramis se mesaba con rabia los cabellos, y ora invocaba el auxilio de Dios, ora del diablo.
Omar Fernando
Omar Fernandocompartió una citahace 2 años
El mosquetero se rascaba la frente, tierra fértil de la que el arado de sus uñas había sacado tantas ideas fecundas,
Omar Fernando
Omar Fernandocompartió una citahace 2 años
mosquetero se rascaba la frente, tierra fértil de la que el arado de sus uñas había sacado tantas ideas fecundas,
Omar Fernando
Omar Fernandocompartió una citahace 2 años
—¡Oh Dios! —exclamó Fouquet—. A las veces permitís tales injusticias, que me explico que haya infortunados que duden de vos
Omar Fernando
Omar Fernandocompartió una citahace 2 años
las veces permitís tales injusticias, que me explico que haya infortunados que duden de vos.
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