Libros
E.M.Delafield

El optimista

El escritor Owen Quentillian regresa a la casa rural de su tutor de la infancia, el canónigo Morchard, luego de dos años en la guerra. Lo encuentra allí junto a sus hijos, ya adultos, como si nada hubiera cambiado. Pero el tirante régimen de obediencia doméstica establecido por Morchard, y sostenido sobre la base de un optimismo exasperante, una retórica florida y un autoritarismo disfrazado de rectitud, muestra pronto sus fisuras. La llegada de Quentillian desencadena en la familia una serie de cambios que, como un búmeran, impactan también en la defensiva postura cínica del escritor ante la vida.
Estupenda representación del estertor de la moral victoriana y sutilmente irónica respecto de las modas de entreguerras, El optimista se lee sobre todo como una moderna comedia de costumbres y, en la senda de Jane Austen, nos deja un elenco memorable de personajes y agudas reflexiones sobre el carácter inevitable, y hasta deseable, de los cambios.
273 páginas impresas
Propietario de los derechos de autor
Bookwire
Publicación original
2025
Año de publicación
2025
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Citas

  • Brenda Britocompartió una citahace 3 meses
    asientos, junto a la señorita Lucilla Morchard.

    La conversación entre ambos, según alcanzaba a rememorar, había discurrido por derroteros extrañamente categóricos.

    —¿Y tú quién eres?

    —Soy la hija del canónigo Morchard. Puedes decirme Lucilla.

    —¿Y cuántos años tienes?

    —Quince, pero no está bien preguntarles la edad a las personas adultas.

    —Ah, ¿y tú ya eres una persona adulta?

    —Claro que sí. Mi madre murió, y yo cuido de la casa y de mis hermanos y hermanas, y ahora voy a cuidarte a ti también.

    Lucilla había esbozado una sonrisa de lo más amable al decir aquello.

    —¿Cuántos niños hay?

    —Tres, en casa. El mayor está en la escuela.

    —¿Y los demás cómo se llaman?
  • Brenda Britocompartió una citahace 3 meses
    El barco se alejó a ritmo lento del lateral del muelle. Varios de los pasajeros dijeron entonces: «Bueno, bueno, ¡al fin, zarpamos!» a otros tantos que hasta entonces solo habían pensado en decirlo.

    Owen Quentillian recordó otra travesía por mar, más larga, que él mismo había hecho cuando era muy pequeño. Y, con mucha más claridad todavía, recordó su llegada a St. Gwenllian.

    Era precisamente lo que deseaba evocar, consciente como estaba de la necesidad de reanudar aquel vínculo que se había visto interrumpido durante años casi sin advertencia.

    Dejó que su pensamiento viajara al pasado y se vio así: un niño diminuto, desconsolado y tembloroso, a quien apartaban de papá y mamá en la mismísima estación y sentaban en un carro abierto de

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