Ivan Barchuk

Explicación del libro de Apocalipsis

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Comentario de uno de los libros de la Biblia más apasionantes, escrito en lenguaje sencillo, asequible a toda persona. Se esté o no de acuerdo con todas sus ideas, la mayoría pueden considerarse como genuinamente bíblicas.
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456 páginas impresas
Publicación original
2016

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    Enrique Flores Soriacompartió una citahace 9 meses
    XVII
    La Babilonia Simbólica - La Gran Ramera
    (Apocalipsis 17:1-6)
    En el Apocalipsis hallamos por lo menos cuatro mujeres simbólicas: 1) El pueblo de Israel es comparado con una maravillosa mujer, pero que estaba encinta (Apocalipsis 12:1, 2). 2) La iglesia de Cristo es comparada con la esposa de Cristo (Apocalipsis 19:7, 8). 3) La ciudad sobre siete montes es comparada con la gran ramera (Apocalipsis 17:9, 18). 4) La ciudad de Babilonia es comparada con una reina disoluta (Apocalipsis 18:3, 7).
    ¿Quién, pues, es esta misteriosa ramera llamada la Gran Babilonia? No es el nombre real de la ciudad de Babilonia, sino que es simbólico, cosa que se deduce claramente de las siguientes comparaciones:
    1) La verdadera ciudad de Babilonia estaba fundada sobre la llanura de Sinar (Génesis 10:8-10), mientras que esta «Babilonia» simbólica estaba edificada sobre siete montes (Apocalipsis 17:9).
    2) La Babilonia antigua en los días del Señor ya no existía en su carácter de gran ciudad, mientras que esta Babilonia simbólica, aun después de Cristo se «embriagaba de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús» (Apocalipsis 17:6).
    Queda muy clara la cuestión aquí de que no trata acerca de la antigua Babilonia, sino que se trata de un nombre simbólico que se da frecuentemente a quien por sus procedimientos la merece. Por ejemplo, el pueblo de Israel es comparado con Sodoma y Gomorra (Isaías 1:9, 10), la ciudad de Jerusalén, en los días del anticristo es comparada con Sodoma y Gomorra (Isaías 1:9, 10), la misma Jerusalén, de los días del anticristo será comparada con Sodoma y Egipto (Apocalipsis 11:8). Nombres parecidos se dan a aquellos quienes espiritual y moralmente se semejan a aquello cuyo nombre les es apropiado.

    La gran ramera —la iglesia papal en comunión con el anticristo (Apocalipsis 17:1-6)
    Así también a esta «ramera» se le da el nombre de «Babilonia», por cuanto ella se asemeja a dicha ciudad. Y ya que estamos persuadidos de que esta Babilonia no es la antigua Babilonia, tanto más nos interesa su ministerio. Analicemos lo que la palabra de Dios dice acerca de esta ramera:
    1) Ante todo, ella está sentada sobre muchas aguas (17: 1), lo que significa pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas (Apocalipsis 17:15).
    2) Ella fornica con los reyes de la tierra y embriaga con su fornicación a los habitantes de la tierra (Apocalipsis 17:2).
    3) Ella se viste de púrpura y escarlata, y se adorna de oro, de piedras preciosas y de perlas (Apocalipsis 17:4).
    4) Se embriaga esa ramera, de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires y testigos de Jesús (Apocalipsis 17:6).
    5) Finalmente, esta ramera es una gran ciudad, construida sobre siete montes, ciudad que señorea sobre los reyes de la tierra (Apocalipsis 17:9, 18).
    A la luz, pues, de estas indicaciones, debemos tratar de hallar en el mundo tal ciudad, a la cual correspondan todos estos detalles. Por ejemplo, hubieron muchas ciudades, y aún hoy existen, que señorean sobre muchos pueblos, por ejemplo, Moscú, Londres, pero en los días de Juan hubo de éstas una sola ciudad, es decir, Roma. Aparte de esto, muchas otras ciudades más recientes señorearon y aún señorean sobre los pueblos, pero ellos nunca señorearon sobre los independientes «reyes de la tierra». Mientras que Roma desde sus comienzos permanecía sentada «sobre muchas aguas» mediante su imperialismo y aun hasta la fecha permanece así por medio de su iglesia. Además, solamente Roma ha señoreado y aun señorea parcialmente mediante la iglesia sobre los reyes de la tierra.
    Porque en realidad únicamente la iglesia romana enseña que el papa es el sol del gobierno, los reyes y emperadores reciben su autoridad del papa, como los planetas que reciben su luz del sol.
    Entre otros, aun la Iglesia Católica reconoce que bajo esta «gran ramera» debe interpretarse Roma, pero la pagana. Pero nosotros, analizando este capítulo 17, estamos persuadidos que el significado de «la gran ramera» corresponde más a la Roma cristiana que a la pagana.
    Ciertamente toda ciudad capital, a través de sus diplomáticos, se asocia y se compromete con otras capitales, pero por algo ellas no son calificadas de rameras. ¿Por qué, pues, el Señor nombra a esta ciudad, digamos Roma, calificándola de ramera, reprendiéndola por andar fornicando con los reyes de la tierra? Es porque la iglesia de Cristo no es de este mundo, al igual que su divino esposo (Juan 17:14, 16; 18:36). Por eso la iglesia no debe buscar compromisos con él mundo, no debe buscar sus intereses propios políticos y económicos, comprometiéndose con los reyes de la tierra. La iglesia debe ser fiel a su llamado celestial. Mientras tanto, efectivamente, la Iglesia Romana papal, más que cualquier otra en el mundo, se hundió totalmente en la política terrenal y sus ventajas, considerándose al mismo tiempo la única iglesia verdadera de Cristo. Por eso esta Iglesia Romana es esa «gran ramera», que dejó su llamado celestial, traicionó a Cristo y para su propia conveniencia practica la fornicación con todos los reyes del mundo. Hoy la Iglesia Romana no es ya más iglesia, sino una organización política corriente, recibiendo ella misma a los representantes de otros gobiernos, al igual que envía a los suyos. Además de todo esto, dicha Iglesia completamente no se fija con quién se compromete. Ella está lista aun para intercambiar sus representantes aun con la misma Moscú roja, y aun con el mismo diablo, con tal de que ello resulten ventajas en su propio beneficio. Sin duda, Roma es verdaderamente la «gran ramera».
    Consideremos ahora las vestimentas de la ramera. «Púrpura y escarlata y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas» (Apocalipsis 17:4). Todo esto era la vestimenta específica de los emperadores romanos, los grandes y los sacerdotes. Actualmente son vestimentas exclusivas de los papas romanos, los cardenales y obispos. Púrpura y escarlata son materiales de color rojo, precisamente el que caracteriza a la Iglesia Romana.
    Por ejemplo, Ulrico Zwinglio, reformador suizo, dijo en uno de sus discursos al hablar sobre la Curia Romana: «No en vano ellos llevan sombreros y mantas rojas, al sacudirlos se desprenden de ellos monedas de oro, pero al exprimirlos correrá de ellos la sangre de vuestros hijos, hermanos, padres y buenos amigos.»
    Solamente la Iglesia Romana se viste y adorna de púrpura y escarlata, oro y piedras preciosas. Una sola tiara papal (la corona» tiene alrededor de doscientas piedras preciosas.
    Más adelante, la gran ramera se embriagaba con la sangre de los santos y testigos de Jesucristo. Mirad toda la historia, recorred el mundo entero, buscad en el mundo alguna ciudad que haya derramado tanta sangre cristiana como Roma. Tomemos, por ejemplo, Moscú, ciudad que tal vez hoy ha derramado más sangre humana que Roma. Pero ella lo hizo por razones políticas y no religiosas. Moscú es una ciudad grosera, materialista e impía, la bestia más terrible. Destruía a todos sin selección, a los que no se conformaban. Pero Roma siempre destruía a los santos únicamente por motivos religiosos. Vemos nuevamente que la Roma pagana y la cristiana se igualan. Aun podemos decir que la Roma cristiana derramó mucha más sangre de los testigos de Cristo que la pagana. La llamada «santa inquisición» papal, es el terror y la vergüenza de la edad media. No cabe duda alguna de que los posteriores dictadores-terroristas aprendieron de la Inquisición Romana cómo organizar su NKVD o la Gestapo.
    De modo que esa ramera embriagada de sangre, es exclusivamente Roma, tanto la pagana como la cristiana. Finalmente esa ciudad-ramera está fundada sobre siete montes y señorea sobre los reyes de la tierra. Hay solamente una en todo el mundo, para todos harto conocida gran ciudad, fundada sobre siete montes, esa ciudad es Roma. Es probable de que haya en algún otro lugar del mundo otra ciudad construida sobre siete montes, pero esa ciudad no tendrá las otras características dadas en el Apocalipsis y que pertenecen a Roma.
    Dicen que asimismo Jerusalén y Constantinopla están igualmente fundadas sobre siete montes, pero a ellas tampoco se ajustan las otras características que tan perfectamente caben en el caso de Roma.
    Ciertamente esas siete montañas tienen además otro significado y simbolizan a siete grandes naciones sobre las cuales hablaremos más adelante.
    Por ejemplo, actualmente hay muchas ciudades en América, Inglaterra, Japón, Alemania y en otras naciones, igual y mucho más grandes que Roma. Pero todas éstas son ciudades nuevas, recientes, sobre las cuales nadie sabía nada cuando Roma ya era una «gran ciudad», desempeñando exactamente tal papel como el que se describe aquí, atribuido a esta ramera. Además, como ya dijimos, ninguna ciudad pudo ni puede señorear sobre reyes independientes, no subordinados o derrotados. Esto lo hacía única y exclusivamente Roma mediante su Iglesia. Al llamado del papa, los reyes salían a la guerra en contra de los turcos, para reconquistar la tierra santa. Por orden papel, los reyes destruían sus propias naciones, eliminando a todos los ciudadanos como herejes. Los papas instauraban reyes y emperadores, y también ellos los destituían. En una palabra, hubieron épocas en que los papas eran realmente los emperadores sobre todas las naciones católicas.
    De todo esto hacemos una decidida conclusión en el sentido de que esa «gran ramera» es sin duda alguna la Iglesia Romana, de lo cual aun mejor nos persuadiremos más adelante.
    LA RAMERA
    (Apocalipsis 17:1, 2)
    Hemos dicho ya que bajo este nombre (ramera) debe interpretarse la Iglesia de la Roma papal. Ahora quisiéramos todavía decir algo desde el punto de vista moral-espiritual, porque realmente esa iglesia y no otra es la ramera. Para esto hay dos razones: En primer lugar, ella lleva una conducta indecente desde el punto de vista moral cristiano, y por otra parte, ella era antes la prometida de Cristo, pero le fue infiel a cambio de los reyes de la tierra.
    Toda desposada, tanto más la desposada de Cristo, debe ser en primer lugar pura (2.ª Corintios 11:2; Efesios 5:25-27), en segundo lugar debe ser fiel (Efesios 1:1; Colosenses 1:2) y en tercer lugar debe estar alejada de todo aquello que el esposo aborrece (Juan 17:14; 18:36).
    La iglesia papal con sus intrigas, sus durezas, sus impiedades, avaricias y la carnalidad, manchó la «vestidura blanca» a tal grado que la misma resultó despreciable y finalmente se despojó de ella, cubriéndose de manto rojo como reina y a semejanza de todas las rameras, se cubrió de oro, de piedras preciosas. Hoy día en esa iglesia no queda ni ápice de la pureza del cristianismo, pero por eso también no hay en todo el mundo otro lugar de tanta impureza como la hay en esa iglesia.
    En cuanto a la fidelidad a Cristo, nadie podrá hallarla en la iglesia papal. En apariencia, parece prestar servicio cristiano, cuando, en realidad, lo que hace es la política común y corriente. Esa iglesia hace ya mucho tiempo que ha olvidado y rechazado a su Esposo legal, al Señor del cielo, Cristo Jesús, echándose en los brazos de «los reyes terrenales». Por eso ella es una ramera impura y traicionera.
    Por último, ella no sólo rehúsa rechazar aquello que desagrada a Cristo, sino que, al contrario, ella se entregó a todo aquello que es abominable a Cristo. Por ejemplo, Cristo no es de este mundo, mientras que la Iglesia Romana es totalmente mundanal. Ella amó el mundo. Cristo murió por los pecados de la humanidad, y la Iglesia Romana durante siglos mató a los mejores cristianos. Cristo atraía a sí a las almas mediante el amor, mientras que la Iglesia Romanista los consigue con su astucia, el engaño y aun mediante fuego y espada.
    He aquí un ejemplo de cómo esa Iglesia ganaba sus miembros. En China trabajó una misión jesuita, la cual por todas partes tiene sus acostumbradas artimañas. Sucedió que el Gobierno chino encargó cañones a un «piadoso» belga fabricante de armas. Dicho fabricante, bajo la influencia de los jesuitas, puso como condición a las autoridades chinas que por el suministro de cada cañón a China, aparte del pago normal, debían ser suministrados 1.200 chinos para ser bautizados. De esta manera, el fabricante de armamentos recibía lo suyo y los jesuitas «salvaban las almas» de los chinos. Así la iglesia romanista crecía, pero ya podemos imaginar la clase de cristianos que eran los comprados por cañones.… Conviene recordar, además, que aquellos cañones a cambio de «cristianos» y hechos en una fábrica de un «piadoso» romanista, llevaban un crucifijo grabado en la punta del cañón. Hasta la fecha se los puede ver en el museo de Pekín.
    ¿Acaso puedo uno imaginar que la tal es iglesia de Cristo? Rotundamente, no. La iglesia papal hace ya mucho que dejó de ser iglesia, siendo una vulgar organización política pagana, cubierta con el manto eclesiástico. Es impura, infiel y del mundo, por eso ella es «ramera», y como si fuera poco, una «gran ramera».
    BABILONIA LA GRANDE
    (Apocalipsis 17:5)
    Vemos aquí que el calificativo de «gran ramera» pertenece totalmente, y lo merece la iglesia romanista, pero.… ¿por qué la palabra de Dios llama también a esa iglesia «Babilonia la grande»?
    Para esto debe haber una base, la cual debemos hallarla. La antigua Babilonia se encontraba en el lugar donde antes estuvo el Edén, es decir, el paraíso (Génesis 2:10-14; 10:8-11). Allí comenzó el pecado y más tarde la unión carnal de los demonios con mujeres pervertidas, que acarreó el diluvio (Génesis 6:1-5; Judas 6). Por lo visto, la construcción de la torre de Babel, tenía por meta alcanzar el contacto con el «cielo», o para ser más exacto con el «aire» donde moran los demonios (Génesis 11:1-4; Efesios 2:2; 6:12). El culto babilónico en el cual se incluía la adivinación y la magia (Daniel 2:2), es el más antiguo, sus dioses y costumbres, parcialmente cambiados en su forma, entraron en todos los cultos paganos. Allí estaba el «trono de Satanás», porque allí él venció al hombre, el nuevo gobernante de la tierra, usurpó sus derechos y estableció su trono, su señorío.
    Con la caída de Babilonia, el «trono de Satanás» fue trasladado de la capital al reino de Pérgamo (Apocalipsis 2:12, 13). Attal III, el último rey pérgamo, llevaba el título del jinete del culto babilónico. Roma derrotó a Pérgamo y, entrando en compromiso con la antigua Babilonia, aceptó sus cultos entre otros que figuraban en los panteones (panteón es el templo de todos los dio
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    PALABRAS DEL TRADUCTOR
    Al presentar esta interpretación sobre el Apocalipsis en español, quiero anticipar algunos detalles de su contenido, teniendo presente que esta obra la leerán muchas personas que no están familiarizadas con las Sagradas Escrituras, la Biblia. Por lo tanto, mi primera sugerencia es leer este libro BIBLIA EN MANO. Un vistazo al índice de los libros en la Biblia permitirá al nuevo explorador entender las abreviaturas de las numerosas citas que encontrará a su paso. Tales, por ejemplo, como «Jn.», que significa Juan; «Mat.» (Mateo), «Deut.» (Deuteronomio), «Sal.» (Salmos), etc.…

    Debo agradecer a muchas personas por la colaboración, pero sobre todo al mismo autor de esta obra, Rev. Iván Barchuk, quien ha tenido gran cuidado en la explicación de cada cuadro. Al solicitarle permiso para publicar su obra en el idioma de Cervantes, el autor gustosamente permitió hacerlo, toda vez, dijo, que ello beneficie a alguien. Agradezco, además, a la legión de oyentes quienes al escuchar fragmentos de su contenido a través de KGEI, elogiaron, y solicitaron el estudio y así estimularon su traducción y publicación.

    Pero debo admitir que la traducción bajo ningún concepto la considero excelente. Traté en todos los casos de expresar la idea exacta del autor, aún más, he tratado de atenerme al mismo nivel de vocabulario que el original. Sin embargo, reconozco que el idioma ukranio para mí no es de dominio fácil, además a esto debe sumarse la escasez de diccionarios

En las estanterías

    Gustavo Chavez Perez
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