Un progenitor que, desde su propia experiencia infantil, esté convencido del valor de los cuentos de hadas no tendrá dificultad alguna en contestar a las preguntas de su hijo; en cambio, un adulto que piense que estas historias no son más que un montón de mentiras hará mejor en no contarlas, porque no sabrá hacerlo de manera que sirvan de enriquecimiento para la vida del niño.