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Alice Sebold

Desde mi cielo

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  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Ahora sabía que ser madre era una vocación, algo que muchas jóvenes soñaban con ser. Sin embargo, mi madre nunca había soñado con ello, y se había visto castigada de la manera más horrible e inimaginable por no haberme deseado.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    El crimen se cometió en diciembre de mil novecientos setenta y tres. La víctima fue Susie Salmón, de catorce años.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Pero esperaba con paciencia. Ya no creía en el poder de la palabra. Nunca salvaba nada. A los setenta años había acabado creyendo únicamente en el tiempo.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    la luna le iluminaba la piel y sus ojos eran océanos. Estaba vacía, perdida, abandonada.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    El señor Harvey se marchó de su casa por última vez mientras a mi madre se le concedía su deseo más temporal. Encontrar en su arruinado corazón una puerta a un feliz adulterio.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Fue ese día cuando me di cuenta de que quería contar la historia de mi familia. Porque el horror de la Tierra es real y cotidiano. Es como una flor o como el sol; no puede contenerse.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    En el cielo pronuncié sus nombres:

    Jackie Meyer. Delaware, 1967. Trece años.

    Una silla volcada. Acurrucada en el suelo y vuelta hacia ella, la niña llevaba una camiseta a rayas y nada más. Cerca de su cabeza, un pequeño charco de sangre.

    Flora Hernández. Delaware, 1963. Ocho años.

    Él sólo había querido tocarla, pero ella gritó. Una niña bajita para su edad. Más tarde encontraron el calcetín y el zapato izquierdos. No se recuperó el cuerpo. Los huesos están en el sótano de tierra de un viejo edificio de apartamentos.

    Leah Fox. Delaware, 1969. Doce años.

    La mató en un sofá cubierto con una funda bajo la rampa de acceso de una autopista, con mucho sigilo. Se quedó dormido encima de ella, arrullado por el ruido de los coches que pasaban por encima. No fue hasta diez horas más tarde, cuando un vagabundo derribó la pequeña cabaña que el señor Harvey había construido con puertas abandonadas, cuando él empezó a recoger sus cosas para marcharse con el cuerpo de Leah Fox.

    Sophie Cichetti. Pensilvania, 1960. Cuarenta y nueve años.

    Como propietaria, había dividido en dos su piso y levantado un fino tabique. A él le gustaba la ventana semicircular creada por la división, y el alquiler era barato. Pero ella hablaba demasiado de su hijo e insistía en leerle poemas de un libro de sonetos. Le hizo el amor en su parte del piso, y cuando ella empezó a hablar, le rompió el cráneo y se llevó el cadáver a la orilla de un riachuelo cercano.

    Leidia Johnson. 1960. Seis años.

    Condado de Buck, Pensilvania. Excavó una cueva abovedada dentro de una colina cercana a la cantera y esperó. Fue la más pequeña.

    Wendy Richter. Connecticut, 1971. Trece años.

    Esperaba a su padre a la puerta de un bar. La violó entre los matorrales y luego la estranguló. Esa vez, mientras él tomaba conciencia de sus actos y salía del estupor en el que a menudo se sumía, oyó ruidos. Volvió la cara de la niña muerta hacia él y, mientras las voces se acercaban más, le mordió la oreja.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Se inventaba una mujer a partir de una de las víctimas de las que recientemente había obtenido placer en sus recuerdos, y para darle cuerpo siempre tenía a su madre.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Creo que lo que más me costó comprender fue que él había intentado contenerse cada vez. Había matado a animales, había quitado vidas menores para no matar a una niña.
  • LADY BIRDcompartió una citahace 5 años
    Antes de dejarla marchar, le había arrancado la suela del zapato. Eso fue todo lo que hizo. La subió a la furgoneta y le quitó los zapatos. Ella se echó a llorar, y el ruido lo taladró. Suplicó a la niña que se callara y se marchara. Que se bajara de la furgoneta como por arte de magia, descalza y sin quejarse, mientras él se quedaba con sus zapatos.
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