Aspiro, sin conocerla, a otra manera de estar presente en el mundo, aspiro al otro, a mí mismo, a una manera distinta que esta mezcla de miedo, de ignorancia, de preferencia limitada por uno mismo, de inclinación al mal cuando quisiéramos hacer el bien, que es la enfermedad de todos nosotros y que la Iglesia designa con una sola palabra genérica: el pecado.