Citas de “Una historia sencilla” de Leila Guerriero

Como no podían pagar el camping, con tal de venir, pagaron un micro para cuarenta y cinco personas, que les salía más barato, y cuando vuelvan van a tener que trabajar mucho para devolver la plata. A todos mis profesores. A los amigos que uno hace en el camino. Y a la mujer que elegí, a Miriam. Porque nosotros, los malambistas, nos esforzamos, pero el sacrificio lo hacen quienes nos acompañan: porque acompañan un sueño que no les pertenece. Así que gracias a todos ustedes
En el escenario estallan los fuegos de artificio y el centro del mundo son esos dos hombres, ese pequeño núcleo de amistad sin condiciones donde laten todos los inviernos de hambre y los riñones rotos del Tonchi y las zapatillas viejas de Rodolfo porque el locutor acaba de decir que el nuevo campeón de Laborde, señoras y señores, es él, es Rodolfo González Alcántara, y Miriam se tapa la boca con las manos y empieza a llorar, y Carlos Medina llora, y Fernando Castro llora y Rodolfo y el Tonchi siguen ahí, arrodillados, hasta que Miriam se acerca y Rodolfo se levanta y la abraza, y Fernando Castro se acerca y Rodolfo lo abraza
Voy en el auto cuando escucho esta entrevista que le hacen a Rodolfo en una radio local. A veces –muchas– hace eso: dice generalidades y uno quisiera preguntarle dónde está, dónde dejaste al monstruo que te come sobre el escenario: dónde lo tenés
Afuera, las chicas de una delegación provincial hacen una ronda y recitan, a coro:

–Estiiiiro, baaaajo, estiiiiro, suuuubo.

Y estiran, y bajan, y estiran, y suben
Entonces corro detrás del escenario y lo que encuentro allí es tierra arrasada. Rodolfo y Fernando se abrazan en un abrazo mudo, como dos hombres que se dan el pésame. Carlos Medina tiene los ojos llenos de lágrimas y Miriam Carrizo, abrazada a él, no para de llorar. Me digo que algo salió muy mal y que yo no fui capaz de darme cuenta. Pero entonces Rodolfo se quita el sombrero, resopla, y Miriam va hacia él, lo abraza y dice:

–Rodo, salió muy lindo, salió muy bien.

Carlos Medina, que apenas puede respirar, me mira:

–Nunca lo vi bailar así
se desliza con la gracia de un ciervo, es una avalancha y es el mar y es la espuma que corona y, al final, clava un pie sobre las tablas y se queda ahí, sereno y limpio, temible como una tormenta de sangre, y, con un gesto sobrador, se arregla la chaqueta –como quien dice aquí no pasó nada
Las piernas de Rodolfo parecen águilas encendidas y él, perdido en algún lugar que no es de este mundo, apuesto y fatal, altivo como un árbol, transparente como un aire de jazmines, se alza con brutalidad sobre la filigrana de los dedos, se derrumba, cocea, ruge con la astucia de un felino
Rodolfo deja caer dos golpes sobre la madera: tac tac. Y, desde ese momento, el malambo transcurre en algún lugar entre la tierra y el cielo
La guitarra de Fernando Castro parece una tormenta de amenazas, un presagio. Suena como si un alud, como si las piedras, como si los truenos: como si el último día de la tierra
Arnaldo Pérez. Campeón de 1976 por Río Negro. Su profesor fue un hombre que no sabía bailar malambo, un historiador que, después de verlo en un certamen de provincias, se ofreció a darle clases y empezó a recorrer cada quince días docientos cincuenta kilómetros en moto, por camino de tierra, hasta donde vivía Arnaldo. Nunca le quiso cobrar un peso
Yo llevo treinta y siete años de delegado de mi provincia, Río Negro. Esto ha cambiado, para bien y para mal. Antes uno veía malambear a un chico de Corrientes y sabía que era de Corrientes, a uno de Buenos Aires y también. Ahora está todo muy parecido porque los campeones viajan por todo el país, entrenando a éste y al otro, y todos terminan bailando parecido. Y es todo muy atlético. A veces uno los ve bailar y parecen máquinas. Pero lo que valoro es el esfuerzo, porque son chicos muy humildes que gastan mucho dinero en prepararse y nada les garantiza que vayan a ganar
Un grupo de chicos muy jóvenes pinta, sobre otra mesa, bajo un árbol, una bandera que dice:

Demostrarás quién sos

Sabrán de qué estás hecho

Que lo que hay en tu pecho

Te trajo donde estás hoy

¡Vamos Rodo!

La estrofa parafrasea una canción del reggaetonero Don Omar, que Rodolfo siempre escucha y que dice: «Demostraré quién soy, sabrán de qué estoy hecho, que lo que cargo en el pecho me trajo a donde estoy. Y me verán vencer y ser el campeón aquel que como no ganó galardón me coronaron el rey.»

–¿Te agarró la tormenta en
Es miércoles por la mañana y padezco un fuerte efecto residual del pensamiento que tuve el martes en la ruta: me pregunto si no resultará perturbador para Rodolfo tener a una periodista siguiéndole los pasos. Si, en esa atmósfera controlada con que se rodea a cada aspirante antes de la competencia, no seré el equivalente a una bacteria enorme y tóxica. Una presión
Me dijo: «Mirá, esforzate, pero va a ser muy difícil, porque vos encima tenés el subcampeón, el Pony, que es de La Pampa, y es el favorito para ser campeón. Uno puede ir muy preparado, pero cuando estás al costado del escenario y escuchás que dicen tu nombre y te toca subir, se te llena el culo de preguntas.» Y yo le dije: «Ah, bueno, gracias.» A la semana siguiente fui a donar plaquetas para un nenito de una de las escuelitas donde laburo, que estaba internado en el hospital de niños, en el Garrahan. Entrás ahí y ves a esos nenitos enfermos y ahí sí se te llena el culo de preguntas. Para mí, ser campeón de Laborde es un sueño enorme. Pero si no gano, no gano. Yo no quiero ser un tipo que mueve las piernas pero después no puede decir dos palabras seguidas. Si no gano Laborde, seguiré yendo a las escuelitas, al IUNA. Pero yo sé dónde se me llena el culo de preguntas. Y no es en Laborde
Le causan gracia cosas que a otros podrían parecer ingenuas: cuenta que Gonzalo Molina, el Pony, de quien se ha hecho amigo, escribió en Facebook: «Tengo una noticia para contarles, voy a ser papá.» Al día siguiente, después de recibir decenas de felicitaciones, el Pony escribió: «Mi perra está embarazada.» A Rodolfo la broma le hace una gracia infinita. Yo, por mi parte, debo parecer imbécil. Le hago, una y otra vez, la misma pregunta: por qué tanto empeño en ganar un festival que da una popularidad muy acotada y que, además, significa el fin de su carrera. Quiero decirle, sin decirlo, que una fama para pocos miles parece algo por lo que no vale la pena dejarlo todo
A mí lo que más me cuesta es subir al escenario y decir: «Esto es mío.»

–¿Por qué?

–Porque es inmenso. Y yo le tengo miedo a la inmensidad. Tengo pánico a lo que no tiene fin. Recién el año pasado pude mirar el mar. Pararme frente al mar y mirar la inmensidad y no tenerle miedo
Le gusta leer pero sólo tuvo dinero para comprar libros hace algunos años y, entonces, compró las obras completas de Shakespeare, la Ilíada (gracias a la que entendió lo del talón de Aquiles), la Odisea y Edipo Rey (donde se enteró de todo lo que necesitaba saber acerca del complejo de Edipo, y concluyó que él nunca había tenido). No tiene internet en su casa, y no está habituado a enviar mails, pero sus mensajes de texto tienen gran prolijidad sintáctica
El Club del Trueque fue un sistema de intercambio sin dinero que prosperó en esos años. Los participantes podían trocar un bien por otro o pagarlo con créditos, una moneda emitida por el propio club que tenía validez en todo el país.

–Pero en La Pampa un crédito valía un peso y acá cuatro créditos valían un peso. Me alcanzaba para medio kilo de azúcar. Cuando me mandaba plata, guardaba para el pan del día y a veces me compraba carne picada. Es duro ver que lo único que tenés para comer es arroz con leche, o polenta con leche, o harina con leche, y que el de al lado se está comiendo una milanesa
Un hombre común con unos padres comunes luchando por tener una vida mejor en circunstancias de pobreza común o, en todo caso, no más extraordinaria que la de muchas familias pobres. ¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla– revestida?
Después de ese primer encuentro en el bar lo acompañé hasta las puertas del IUNA. Cuando me despedí, tenía claro que la historia de Rodolfo era la historia de un hombre en el que se había agitado el más peligroso de los sentimientos: la esperanza
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