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Carolina Montero

Vulnerabilidad reconocimiento y reparación. Praxis cristiana y plenitud humana

Este libro tiene el acierto de comenzar su camino con la vulnerabilidad, condición y raíz de nuestra común humanidad. Todos somos vulnerables y, en todos, nuestra vulnerabilidad ha sido vulnerada. ¿Por qué es este el principio y fundamento de un dinamismo ético inigualable? Nacemos en un mundo roto y herido. Nacemos del don y de los abismos, de la gracia y del pecado, del compromiso y del olvido, del amor y del odio. Lo que cambia la historia es un corazón vulnerable-vulnerado que se conoce y reconoce herido e hiriente y que, compasivo ante las heridas de los otros, alarga su mano ante las heridas del otro.
350 páginas impresas
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Patagonia
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Opiniones

    byPaquiniScompartió su opiniónhace 5 años

    jj

Citas

    Francisco Javier Villar Olaetacompartió una citahace 7 años
    En el poema incompleto Aquileida, escrito por Estacio en el siglo I, se narra una versión del mito del nacimiento de Aquiles que no aparece en otras fuentes: cuando Aquiles nació, Tetis intentó hacerlo inmortal sumergiéndolo en el río Estigia. Sin embargo, su madre lo sostuvo por el talón derecho para introducirlo en la corriente, por lo que ese preciso punto de su cuerpo quedó vulnerable, siendo la única zona en la que Aquiles podía ser herido en batalla
    Francisco Javier Villar Olaetacompartió una citahace 7 años
    Como Aquiles, tuvo un punto débil, una profunda debilidad que no fue otra que dejarse conmover por el dolor y el sufrimiento de los seres humanos y desde la común vulnerabilidad-humanidad reconocer a todos como hermanos, hijos de un mismo Padre
    Francisco Javier Villar Olaetacompartió una citahace 7 años
    En la herida del otro reconocemos la común vulnerabilidad. Como nos enseñó Hegel, ningún amo se siente reconocido si reduce a su esclavo a objeto o cosa. Cuando ambos descubrimos que tenemos carne y sangramos, tenemos heridas y sufrimos, tenemos vida y estamos amenazados por la muerte, se produce un cambio profundo en la relación, aparece el reconocimiento de la común humanidad, una sutil hermandad en la carne.
    El nazareno, símbolo hondo de lo humano, vulnerable y vulnerado desde el nacimiento (“no había posada” y tuvo que nacer en un portal), salió a los caminos del dolor y se dejó alcanzar por el sufrimiento de los otros. Así es como llegó a reconocer a los otros pecadores, paganos, enfermos y extranjeros que su sociedad excluía y se negaba a reconocer y ver. No buscó el sufrimiento, pero su compasión por los otros le llevó irremediablemente a sufrir por los otros y con los otros.

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