Pero hay quien al primer golpe de vista comprende que el verdadero hogar tiene mucho que ver con los afectos y poco con el suelo que se pisa, el techo que se mira en las tardes de ocio y las ventanas que se cubren (o no) con cortinas. Yo pertenezco a estos últimos y lo descubrí cuando tenía ocho años y me mudé a vivir a un pueblo perdido del estado de Texas llamado Freeport.