Libros
Pablo Laborde

Mueren se reproducen crecen y nacen

En estos cuentos hay seres divinos, monstruosos, frágiles. Seres humanos. Y tan ajeno a la corrección política como al cinismo fácil, Laborde les hunde el puñal ahí, donde la carne se resiste y la herida duele más. Y escarba, y nos muestra lo que hay adentro: en algunos casos, lo hace con engañosa ligereza; en otros, con pudorosa ternura. Indaga en estos seres inexplicables que se reproducen, crecen y nacen, y cuyas vidas acaso puedan cifrarse —como quería Borges— en un solo momento, el momento en que uno sabe quién es, quién ha sido siempre. El presente libro evidencia otro enorme salto en la evolución del autor. Con esto no insinúo que no se reconozca aquí aquella voz furiosa de Bilis; al contrario: la evolución es más visible justamente porque se la reconoce, sólo que más compleja, más simple, más eficaz. Se trata de una evolución que trasciende el oficio literario. Los grandes escritores encuentran lo humano entre el caos, fragmentado en un espejo roto. Y lo exhiben delicadamente, escamoteado entre los engranajes de esta máquina infernal a la que llamamos civilización. A esta ternura cruel la resume el anhelo de uno de los personajes de este magnífico libro: «Quiero todo el amor que puedan comprar esos dólares». Alejandro Baravalle
192 páginas impresas
Propietario de los derechos de autor
Bookwire
Publicación original
2019
Año de publicación
2019
Editorial
Bärenhaus
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Citas

    Balamoidecompartió una citael año pasado
    El chico sabe lo que busco, y la chica supongo que también, aunque disimula esa comprensión con un adorable pudor femenino que parece haber pasado de moda. Asiento con la cabeza, procurando que no se vea mi apremio. Ella ya no quiere mirarme, sabe que ahora irán más allá, y la vergüenza manda. De hecho, ella intenta frenarlo todo. Se ve que toma consciencia de la locura, y si bien él le da seguridad porque claramente son novios o algo así, algo de repente la bloquea y le impide seguir. Yo intento hacerme todavía más pequeño, más invisible. Me deslizo en la silla hasta que mi cabeza queda a la altura de la tabla de la mesa, casi escondida detrás de la cafetera y las tazas. Empequeñeciéndome, procurando desaparecer, busco desactivar en ella el sentido común, ese sentido de la realidad que le indica que lo que está haciendo es, como mínimo, controversial. Y es él quien sale a luchar por mi deseo (o por el deseo de él por ella, o por el deseo de llevarse lícitamente esos dólares), y con besos y caricias, la persuade de volver al acto. Para mi alivio, ella vuelve al juego.
    Balamoidecompartió una citael año pasado
    Pero el que dijo eso de que el cerebro es el órgano sexual por excelencia, aunque a esta altura sea un empalagoso lugar común, no se equivocó: todo lo que les veo hacer a ellos, se refleja virtual y simétricamente en mi cuerpo: mojo mis dedos en la tibieza de la cavidad humedecida de ella, ostento la dureza de él, el aliento de ella me empaña las pupilas. Y cuando todo termina, siento también el alivio sideral de vaciar aquello que estaba cargado a reventar, de desagotar ese excedente que me estaba matando.

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