Marguerite Duras

El amante

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Marguerite Duras, adolescente, en el período que ella reconstruye en este libro. Marguerite Duras se convierte de la noche a la mañana, con El amante, en una autora solicitada por todos los públicos. Y, además, recibe poco después, en noviembre de 1984, el prestigioso Premio Goncourt. A todos emociona sin duda esta narración autobiográfica en la que la autora expresa, con la intensidad del deseo, esa historia de amor entre una adolescente de quince años y un rico comerciante chino de veintiséis. Esa jovencita bellísima, pero pobre, que vive en Indochina, no es otra que la propia escritora quien, hoy, recuerda las relaciones apasionadas, de intensos amor y odio, que desgarraron a su familia y, de pronto, grabaron prematuramente en su rostro los implacables surcos de la madurez. Pocas personas —y en particular mujeres— permanecerán inmunes a la contagiosa pasión que emana de este libro.
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101 páginas impresas
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Opiniones

  • Carlos Vasquezcompartió su opiniónhace 8 meses
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Citas

  • Carlos Vasquezcompartió una citahace 9 meses
    Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, por ejemplo, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter.
  • Andrés Gordocompartió una citael año pasado
    Me volví loca en plena razón.
  • Andrés Gordocompartió una citael año pasado
    Todo empieza ahí. En cuanto llego a la avenida, el portal cerrado a mis espaldas, sobreviene de inmediato la avería de la luz. Corro. Corro porque tengo miedo de la oscuridad. Corro cada vez más deprisa. Y de repente creo oír otra carrera detrás de mí. Y de repente tengo la seguridad de que alguien corre tras mis pasos, detrás de mí. Sin dejar de correr me vuelvo y miro. Es una mujer muy alta, muy flaca, flaca como la muerte y que ríe y que corre. Va descalza, corre detrás de mí para alcanzarme. La reconozco, es la loca del puesto, la loca de Vinhlong. La oigo por primera vez, habla por la noche, duerme de día, y a veces ahí, en esta avenida, delante del jardín. Corre gritando en una lengua que no conozco. El miedo es tal que no puedo gritar. Debo de tener ocho años. Oigo su risa aulladora y sus gritos de alegría, seguro que se divierte conmigo. El recuerdo es de un miedo central. Decir que ese miedo supera mi entendimiento, mi fuerza, es poco decir. Lo más aproximado es el recuerdo de la certeza de saber a ciencia cierta que si la mujer me toca, aunque ligeramente, con la mano, pasaré a mi vez a un estado mucho peor que el de la muerte, el estado de la locura.
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