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Citas de “La ética de la crueldad” de José Ovejero

Laura Mago Gl
Laura Mago Glcompartió una citahace 5 meses
Sería una tarea difícil, y que desde luego excede mis fuerzas y mis conocimientos, intentar encontrar la razón de que lo apolíneo tenga tan poco éxito en España, donde los lectores parecen sentirse mucho más atraídos por lo dionisiaco, lo excesivo, lo tremendo, lo vulgar, lo esperpéntico

Presencia de Nietzsche

De volver a mirar allí donde no alcanza la luz cegadora de la publicidad. Y de asomarse a libros que prefieren los abismos a volar en la business class de las listas de más vendidos. Quienes se decidan a leer uno de los libros que voy a examinar rápidamente en el siguiente capítulo o están muy mal informados o son lectores dispuestos a adentrarse en diferentes topografías abismales.
Es verdad que estábamos algo hartos de tanta profundidad y tanta trascendencia predicadas por unas vanguardias que luego se apresuraban a hacer balance de caja, es innegable que, como escribió Jameson, queríamos vivir un tiempo en la superficie. Pero la superficie se ha vuelto resbaladiza; la literatura Prozac no ha logrado convencernos de que somos felices, ni siquiera de que estamos moderadamente satisfechos. We are not amused!Y a pesar de que en los telediarios el horror se disuelve entre noticias deportivas y desfiles de moda, no han conseguido que se nos quite la carne de gallina.
La cuestión que todo escritor, y todo lector, debe plantearse antes de empezar un libro cruel es: ¿quieres mirar o prefieres seguir confortablemente transitando sólo por las aceras iluminadas? La pregunta es legítima, cualquier respuesta también. No seré yo quien niegue el cansancio, quien se diga ajeno a esa tentación de dejarse llevar, de comulgar con pastillas de sabor a fresa
el lector necesita ser entretenido, recuperar fuerzas para poder después continuar produciendo, y sobre todo no le hace ninguna falta que siembren dudas en su cerebro sobre el bien y el mal, sobre una existencia que se niega a ser la del consumidor/productor. La literatura realmente cruel, la que desbarata nuestras certezas, parece abocada, si no a la desaparición, a ser cada vez más marginal. No es ni pop ni afterpop, ni moderna ni posmoderna; más bien, se filtra en los entresijos de las poéticas de usar y tirar, es elitista porque insiste en no rumiar la misma papilla que nos dan casi gratis y que nos dificulta despegar los labios, reniega de la pedagogía pero no se resigna a que no se pueda aprender nada, derriba sin saber qué construir en lugar de lo derribado, hace daño y niega después el consuelo.
La crueldad ética nos inmoviliza un instante, nos impide seguir caminando como si supiésemos adónde vamos; es verdad que una vez que perdemos el impulso resulta difícil elegir un camino, y muchos se quedan parados para siempre en la encrucijada porque no creen que se pueda avanzar en ninguna dirección; otros, sin mucha fe, dispuestos a volver atrás si es necesario, a cambiar de rumbo, sí encontrarán una manera de seguir viviendo, y actuando, también una manera de negarse a actuar como les exigen, y la negación no es un síntoma de impotencia, como parece creer Beigbeder; negarse, rechazar, rebelarse son verbos cargados de energía y que a veces exigen más entrega que afirmar, seguir el camino trillado, someterse, ser lo que nos dicen que debemos ser.
La razón es más lenta que la fe y quizá por eso puede parecer impotente; también la autocrítica ralentiza la toma de decisiones.
Una sociedad que no cree lo que le cuentan, dispuesta a desmontar cada uno de los mitos en los que se basa la convivencia, no llegará más lejos que una sociedad llena de fe, pero es probable que cometa menos barbaridades, que sea más difícil arrastrarla al convencido salvajismo en el que suelen incurrir los crédulos.
sin embargo, escritores y pensadores así, aunque vayan demasiado lejos, aunque tomen demasiado gusto por el látigo, desmitifican, enseñan a desaprender, nos ayudan a ser menos víctimas del engaño, nos vuelven más escépticos y por tanto más conscientes, quizá no menos tristes.
«Obra transgresora e iconoclasta», anuncian satisfechos en la solapa de los libros quienes se sienten del lado del autor, cuando éste derriba los ídolos de los demás pero no los propios. El fin natural del autor cruel es la soledad, la de un Bernhard o la de un Cioran, dos soledades quizá no absolutas, porque es imposible conseguirlas salvo mediante el suicidio o la locura, pero que pagan su lucidez con el progresivo alejamiento de su público, incluso de sus amigos.
No hay auténtica crueldad ética sin que aquellos que nos aprecian se sientan ofendidos; la crueldad que sólo se dirige al antagonista es acomodaticia, falsamente atrevida.
en atentar contra las fronteras impuestas por otros, sino en intentar poner patas arriba los propios valores y los de aquellos a los que en principio está dirigida la obra: quizá una de las tareas principales del autor cruel es desmontar las creencias de quienes piensan como él y que en principio constituyen su público; únicamente alienándose su voluntad se acerca al sentido de su trabajo.
Según Frédéric Beigbeder, «... la lucidez no protege de la realidad [...] Saber por qué se está triste te hace menos idiota, pero no menos triste [...] El culto a la lucidez conduce a la impotencia: es una inteligencia inútil». Probablemente sin saberlo, Beigbeder se hace eco de Nietzsche –«el conocimiento mata la acción; para actuar es necesario estar envuelto en el velo de la ilusión»–, y éste a su vez de Hegel y su concepto de la «conciencia juzgante», necesaria en el espíritu para poner límites a la violencia de la convicción, pero que es pasiva, se refugia en la palabra, no actúa.

Sin embargo, el autor cruel no tiene por qué caer necesariamente en la pasividad y el escepticismo absolutos; hay una crueldad optimista, la que sí cree que la lucidez puede transformar la realidad; para ello tiene que atreverse a la auténtica transgresión,
Shakespeare nos interesa no sólo por su habilidad para versificar ni por su retrato de Marco Antonio o de algún monarca inglés o danés, por mucho que nos impresione todo ello. Shakespeare nos habla de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos hoy, a pesar de que él ni siquiera pudo intuirlo.
En realidad, los buenos libros suelen trascender el contexto de su argumento y se convierten en reflexiones generales, atemporales
Los libros sin embargo que se ceban en asuntos esencialmente humanos, poco o nada adheridos a tal o cual de sus encarnaciones ideológicas, tienden a conservar su principio activo intacto durante siglos. Quien ataca no tal patriotismo sino el patriotismo, quien no se interesa por la hipocresía de cierta moral sino por la hipocresía del ser humano, quien se preocupa menos por los tormentos infernales que por el pánico que produce ser mortal, será leído en distintos territorios, siglos, contextos culturales con el mismo interés.
Algo menos perecedera es la crueldad que se dirige contra una moral, pues ésta suele ser más longeva que las instituciones políticas que a menudo inspira. Pero también la moral cambia, lo que se creía a pies juntillas en un siglo ni se tiene en cuenta en el siguiente.
La literatura transgresora en general, y la literatura cruel en particular, tienen un efecto más efímero cuanto más efímero es su objeto. Quien lanza su crueldad contra un discurso político dominante sabe que sus días están contados, lo que no es un defecto, tan sólo una limitación.
Ledig, por cierto, quedó con el rostro deformado en una acción bélica; podría haber escogido un discurso de víctima o de héroe, pero eligió no aprovecharse de ninguno de los avatares que le habrían convertido en un escritor famoso; la novela recibió críticas feroces por quienes no querían una imagen de la guerra exenta de valores, de sacrificio, de sentido: «una repugnante perversidad», según un crítico; otro especificaba la razón de su rechazo de forma reveladora: el libro carece de «cualquier perspectiva y cualquier trasfondo metafísico con un fin positivo»
Nada es hermoso, nada ofrece consuelo, nada nos eleva por encima de lo que allí sucede; ni una sola frase sobre la guerra que nos permita afirmar algo. Eso es lo cruel: no hay ninguna afirmación, tan sólo la narración distante del horror, y por eso tampoco puede uno aportar argumentos para justificarlo –la lucha contra el nazismo– porque el tema no es político: es humano.
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