Reinos de cristal, Iria G. Parente, Selene M. Pascual
Iria G. Parente,Selene M. Pascual

Reinos de cristal

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“Bienvenida a casa, mi reina”. Con esas palabras, el rey Arthmael de Silfos recibe a su prometida, a la que ha esperado durante diez años en los que han mantenido una relación secreta. Ahora, por fin, ha llegado el día de que eso cambie con el anuncio de su próximo enlace.

La noticia corre como la pólvora por Marabilia, un continente que en los últimos tiempos ha asistido a un progreso tras otro: la magia ya no es imprescindible, las piratas son princesas y las mujeres pueden reinar solas.

Pero ¿y si en un mundo que no deja de avanzar… hay un límite capaz de romperlo todo?

“Reinos de cristal” es una historia independiente que supone la última visita al mundo fantástico de Marabilia.
Publicación original
2020
Editorial
Nocturna
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Lupita H.
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Madeleine
Madeleine compartió una citahace 13 horas
Nunca es tarde para ser más inteligente que el resto del mundo, hija mía.
Nayeli Cortes
Nayeli Cortescompartió una citael mes pasado
Sólo que, cuando llegamos, el lugar no parece el mismo.
Es como si las estrellas se hubieran asomado a este rincón del mundo. Pequeños botones dorados danzan entre las hojas del árbol y en la hierba, posándose sobre las flores silvestres que se han abierto como si fuera de día. Me recuerda a algo que vi hace mucho tiempo de la mano de Lynne: hadas diminutas bailando sobre la superficie de un río. Me recuerda a un beso que sentí como el primero, a sus dedos en mi mano.
Me recuerda a ella, que parece salida de un pensamiento cuando se vuelve hacia mí, la misma que conozco desde hace una década y, a la vez, diferente. Como siempre, en el momento en que me doy cuenta de que está ante mí, me quedo sin respiración. Está quieta bajo las luces, apoyada en el tronco del sauce. Lynne lleva el cabello recogido alrededor de la cabeza, trenzado como una corona, y tiene enredadas pequeñas florecillas rojas, apenas puntos de color del mismo tono oscuro que su ropa, donde lleva el mismo hilo de oro que adorna mi capa. Reconozco su amor por lo funcional en la simpleza del corte y en la falta de adornos, en la forma en que su prenda se abre en sus piernas para dejar unas calzas grises a la vista, que lleva para cabalgar de vuelta a casa tras la ceremonia.
Y, aun así, siguen siendo vestiduras dignas de una reina.
Mi reina.
Su mirada se encuentra con la mía, a pesar de los pasos que todavía nos separan y que yo parezco haberme olvidado de dar. Sé que debo seguir caminando y ella parece pensar lo mismo cuando sale a mi encuentro. Los dos echamos a andar a la vez, aunque yo ni siquiera soy consciente de hacerlo. Cuando por fin nos encontramos, frente a frente, yo extiendo mi mano y sus dedos caen sobre los míos. Una chispa se prende en ese contacto.
—¿Seguro que no es un sueño?
Se me escapa la pregunta sin pensar y me siento estúpido al instante por hacerla, pero su expresión se relaja en una sonrisa comprensiva.
—Estoy aquí.
Sí. Sí que lo está. Su mejilla bajo mis dedos es una realidad, como lo es el estremecimiento que me recorre de arriba abajo, pese a que la noche no es fría.
—¿Comenzamos?
Nuestros ojos se quedan anclados en los del otro un instante y después se vuelven hacia Hazan, que ha sacado una cajita de entre sus ropas, negra con pequeños dibujos plateados. Las bisagras chirrían apenas cuando abre la tapa y sobre su fondo de terciopelo nos deja ver dos alianzas de boda que, supongo, son también obra de Ariadne. Un remolino de luces blancas se concentra sobre ellas en cuanto nos las muestra, como si también sintieran curiosidad por los aros de oro blanco y piedra azul, supongo que la misma que protege a la gente de los ojos indiscretos de los nigromantes. Quizá sea un deseo de protección por su parte.
Hazan no parece sorprendido por los anillos, que Lynne y yo cogemos con cuidado. En realidad, creo que no ve nada más que a nosotros, con la sonrisa de niño en su boca y los ojos tan brillantes de emoción contenida que creo que llorará.
—Debería preguntaros si habéis venido aquí por propia voluntad, conscientes de lo que esta ceremonia significa —dice, posando su mirada sobre ella primero y luego sobre mí—, pero sé que así es y, de todos modos, no es una boda al uso, ¿no es cierto?
Lynne y yo nos miramos, contagiados por la diversión que se percibe en la voz de Hazan.
—Quizá no sepamos hacer las cosas al uso —sugiere ella.
—Yo opino que sabríamos —la contradigo— si quisiéramos.
Hazan ríe, pero ya no parece mirar en nuestros rostros, sino más allá de nuestros cuerpos, a lo que quiera que sea que nos rodee, se llame aura o tenga cualquiera otro nombre.
—Lynne, Arthmael —nos llama con una voz que suena más delicada que de costumbre—. ¿Consentís esta unión y con ella os comprometéis a acompañaros, cuidaros y respetaros, en los días más fáciles y en los más complicados, ante la paz y ante la guerra, en vida y tras ella?
Siento que es una pregunta absurda y que Lynne piensa lo mismo cuando se gira hacia mí y me mira con una sonrisa que casi parece burlarse de la ceremonia. Todo mi nerviosismo se evapora en ese momento, porque sé que los dos estamos pensando lo mismo: llevamos diez años acompañándonos, cuidándonos y respetándonos; hemos vivido los días más fáciles y también los más complicados; hemos luchado como lucharían algunos en la guerra y hemos perdonado como sólo se perdona para conseguir la paz. Si hay vida tras la muerte, estoy convencido de que nos encontraremos allí también.
—Consiento.
Nuestras voces se entrelazan al contestar al unísono y después, en completo silencio, Lynne me ofrece su mano y yo deslizo el anillo por su piel. Ella me pone la otra alianza con la misma facilidad, tras lo que cierra sus dedos sobre los míos.
Una agradable calidez estalla en mi pecho. Siento que irradio ese calor, como si fuera una luz que saliera de mí. Quiero preguntarle si ella también puede notarlo. Si siente cómo nos tocamos más allá de la piel. Si cree, como yo, que nuestros corazones están latiendo al unísono. Si el vértigo desaparece para ella tan rápido como llega.
Quiero preguntarle si se siente más grande, ilimitada, imparable, porque así me siento yo esta noche.
Su estremecimiento es toda la respuesta que necesito. El paso que da al frente, como si toda distancia fuera innecesaria.
—¿Alguna vez piensas en lo distinto que habría sido todo si uno de los dos hubiera cogido una calle diferente la noche en que nos conocimos?
Su pregunta, inesperada y dicha en un susurro, me pilla desprevenido y casi consigue hacerme reír. Recuerdo el golpe de su cuerpo contra el mío como si acabara de suceder. Recuerdo su cara entre sombras y la mirada feroz cuando puso el cuchillo en mi cuello. Los gritos de quienes la perseguían están borrosos, apenas ruido de fondo en aquel primer encuentro, no muy diferente de las voces de la taberna de la que yo acababa de salir.
Recuerdo su beso, que no fue un beso de verdad, porque no significó nada, y el camino por la oscuridad bajo las calles de Duan antes de volver a salir a la noche en la que Hazan estaba esperándonos.
Lo recuerdo todo y lo atesoro, porque fue el comienzo de una aventura muy diferente a la que buscaba, pero sin la que me hubiera convertido en un hombre muy distinto.
—No creo en el destino —le confieso—, pero a veces, durante todo este tiempo, he pensado que sólo pudo ser algo así lo que hizo que nos encontráramos. Y fueran Elementos, providencia, estrellas o casualidad lo que te puso en mi camino, Lynne, creo que la eternidad no será suficiente para darle las gracias. Si aquellos primeros días alguien me hubiera dicho que me enamoraría de ti, yo habría respondido que había perdido la cabeza y, sin embargo, aquí estamos hoy, y nunca he estado más seguro de nada como de que deseo pasar el resto de mi existencia contigo.
La mujer ante mí toma aire. No soy el único que siente la mirada nublada. Tiene que parpadear y apartar los ojos de mí para alzarlos al cielo, a las luces que nos rodean o a cualquier lugar que evite que se derramen las lágrimas. Nada de eso borra, sin embargo, el gesto tierno de sus labios, que sólo deseo besar.
—El día que nos conocimos estaba dispuesta a iniciar una nueva vida, pero en ella no aparecían príncipes ni reyes, sólo un futuro en el que ni siquiera yo confiaba de verdad. Estaba desesperada y triste y sola. Si aquella noche me hubieran dicho que al cabo de unos años me casaría y que sería contigo, quizás hasta me habría enfadado. Pero aquí estamos, y supongo que aquel día empecé una nueva vida, una en la que siento que puedo tener las fuerzas para alcanzar todos los sueños que me atreva a imaginar, gracias a que estás a mi lado y crees en mí incluso cuando yo misma no lo hago. No sé si fue el destino, pero no cambiaría aquel choque en una calle cualquiera por nada en el mundo.
—¿Ni por todo el oro de Marabilia?
La risa de Lynne es la de quien se ha quedado sin aliento. La de quien ha viajado hasta el último rincón del mundo y ha vuelto.
Por mí. Por nosotros. Por este momento.
Diez años que nos han conducido directamente a este instante. A este lugar.
—Ni por todo el oro de Marabilia.
Estamos a un suspiro de besarnos cuando un sollozo nos hace apartar la vista del otro para girarla al muchacho que todavía está ante nosotros. Hazan se pasa la mano por los ojos, aunque no parece que eso sea suficiente para que deje de llorar.
—Así quedáis unidos —sentencia con la voz tomada—. Podéis besaros…
No podemos evitar echarnos a reír. Esta no es la boda que yo he pasado diez años imaginando; no hay una gran celebración en todo el reino, no tenemos invitados, no habrá banquete ni bailes; nuestro maestro de ceremonias llora más que nosotros, y no habrá noche de bodas porque en vez de un lecho nos espera un largo viaje a caballo.
Pero, cuando me giro hacia Lynne y ella me observa con los ojos tan brillantes como su sonrisa, sé que esta ha sido la ceremonia perfecta para nosotros.
Nuestro beso, cuando llega, sabe al comienzo de una nueva aventura.
Lupita H.
Lupita H.compartió una citael mes pasado
Tú me lo me has enseñado: que algo haya sido siempre de una manera no significa que sea bueno ni justo.
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