De profundis, Oscar Wilde
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Oscar Wilde

De profundis

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De Profundis es, sin duda, el texto más íntimo de Oscar Wilde. En esta larga carta que dirigió desde la cárcel de Reading a su amante lord Alfred Douglas, se revela la parte más viva y más honda no sólo de su clara inteligencia sino también de su compleja personalidad humana. Este texto marca el punto culminante de la vida y filosofía personal de su autor.
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Lina Marcela
Lina Marcelacompartió su opiniónhace 3 años

Simplemente genial

Laura Andrade
Laura Andradecompartió su opiniónhace 2 meses
🎯Vale la pena

Me encantó ❤😍

🔮Profundidades

Profundis

b6823307457
b6823307457compartió una citahace 3 años
Tu única decepción pareció ser que al final no pasó nada, y que entre nosotros no hubo más encuentro ni alboroto. Te consolaste enviándole telegramas de tal carácter, que al cabo el desgraciado te escribió diciendo que había dado orden a sus criados de que no le pasaran ningún telegrama bajo ningún pretexto. Eso no te arredró. Viste las inmensas oportunidades que brindaba la tarjeta postal abierta, y las explotaste a fondo. Le aguijoneaste aún más en la persecución de su presa. Yo no creo que él tampoco la hubiera dejado. Los instintos de la familia eran fuertes en él. Su odio hacia ti era tan persistente como el tuyo hacia él, y yo era el buey de cabestrillo para los dos, y un modo de ataque a la vez que un modo de protección. Su mismo afán de notoriedad no era simplemente individual, sino racial. De todos modos, si su interés hubiera flaqueado por un momento, tus cartas y postales lo habrían vuelto en seguida a su antiguo ardor. Eso hicieron, y él lógicamente fue más lejos aún. Tras haberme acometido como caballero particular y en privado, como hombre público y en público, al cabo decide lanzar su gran ataque final contra mí como artista, y en el lugar donde mi Arte se está representando. Se procura por medios fraudulentos una butaca para el estreno de una de mis obras, y trama un plan para interrumpir la representación, hacer un sucio discurso sobre mí ante el público, insultar a mis actores, arrojarme proyectiles ofensivos o indecentes cuando salga a saludar al final, arruinarme totalmente de alguna manera asquerosa a través de mi trabajo. Por puro azar, en la sinceridad breve y accidental de una ebriedad mayor de lo habitual, alardea de su intención públicamente. Se informa a la policía, y se impide su entrada en el teatro. Tú tuviste entonces tu oportunidad. Tu oportunidad fue ésa. ¿No te das cuenta ahora de que deberías haberla visto, y haberte adelantado a decir que no querías que mi Arte, a lo menos, se perdiera por ti? Tú sabías lo que mi Arte era para mí, la gran nota fundamental con que me había revelado, en primer lugar ante mí mismo, y después ante el mundo; la verdadera pasión de mi vida; el amor frente al que todos los demás amores eran como agua de pantano al vino tinto, o la luciérnaga del pantano al mágico espejo de la luna. ¿No comprendes ahora que tu falta de imaginación era el único defecto realmente fatídico de tu carácter? Lo que tuviste que hacer era muy sencillo, y lo tenías muy claro ante ti, pero el Odio te había cegado y no veías nada. Yo no podía pedir excusas a tu padre porque él llevara casi nueve meses insultándome y persiguiéndome de la manera más aborrecible. No podía sacarte de mi vida. Lo había intentado una y otra vez. Había llegado incluso a dejar Inglaterra y marcharme al extranjero con la esperanza de escapar de ti. Nada había servido de nada. Tú eras la única persona que podía hacer algo. La clave de la situación estaba enteramente en ti. Fue la gran oportunidad que tuviste de darme alguna pequeña compensación por todo el amor, el afecto, la bondad, la generosidad y los desvelos que yo te había mostrado. Si me hubieras apreciado en la décima parte de mi valor como artista lo habrías hecho. Pero el Odio te cegaba. La facultad «que es lo único que nos permite comprender a los demás en sus relaciones así reales como ideales» estaba muerta en ti. No pensabas más que en la manera de llevar a tu padre a la cárcel. Verle «en el banquillo», como solías decir: ésa era tu única idea. Esa frase vino a ser uno de los muchos estribillos de tu conversación diaria. Se la oía en todas las comidas. Bien, pues viste satisfecho tu deseo. El Odio te concedió todo lo que querías. Fue un Señor indulgente contigo. Lo es, en efecto, con todos los que le sirven. Dos días te sentaste en un asiento elevado con los guardias, y te regalaste los ojos con el espectáculo de tu padre en el banquillo del Tribunal Central de lo Criminal. Y al tercer día yo ocupé su lugar. ¿Qué había pasado? Que en el espantoso juego de odio que os traíais, los dos habíais echado mi alma a los dados, y casualmente habías perdido tú. Nada más.
Ya ves que tengo que escribir tu vida para ti, y tú tienes que comprenderla. Hace ahora más de cuatro años que nos conocemos. La mitad de ese tiempo hemos estado juntos; la otra mitad yo he tenido que pasarla en la cárcel como resultado de nuestra amistad. Dónde recibirás esta carta, si es que te llega, no lo sé. Roma, Nápoles, París, Venecia, alguna hermosa ciudad sobre mar o río, no lo dudo, te acoge. Estás rodeado, si no de todo el lujo inútil que tuviste conmigo, por lo menos de todo lo que es placentero a la vista, al oído y al gusto. La Vida es muy bella para ti. Y sin embargo, si eres sabio, y quieres encontrar la Vida aún mucho más bella, y de otra manera, dejarás que la lectura de esta carta terrible -porque sé que eso signifique una crisis y un punto de inflexión tan importante para tu vida como escribirla lo es para mí. Tu cara pálida solía sonrojarse fácilmente con el vino o el placer. Si, mientras lees lo que aquí está escrito, de tanto en tanto te arde de vergüenza como al calor de un horno, tanto mejor será para ti. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que se comprende está bien.
Ya he llegado a la prisión preventiva, ¿verdad? Tras pasar una noche en la comisaría me mandan allí en un coche celular. Tú estuviste de lo mas atento y amable. Casi todas las tardes, si no todas las tardes hasta que te fuiste al extranjero, te tomaste la molestia de ir a Holloway a verme. También escribías unas cartas muy dulces y cariñosas. Pero que no era tu padre sino tú quien me había metido en la cárcel, que desde el principio hasta el final tú eras el responsable, que si estaba allí era a causa de ti, por ti y por obra tuya, eso no lo pensaste ni por un momento. Ni siquiera el espectáculo de verme tras los barrotes de una jaula de madera pudo espabilar esa naturaleza sin imaginación. Tenías la conmiseración y el sentimentalismo del espectador de un drama más bien patético. Que tú fueras el autor de la abominable tragedia ni se te ocurrió. Yo vi que no te dabas cuenta de nada de lo que habías hecho. No quise ser yo el que te dijera lo que tu propio corazón debería haberte dicho, lo que en verdad te habría dicho si no hubieras dejado que el Odio lo endureciera y lo insensibilizara. Todo le tiene a uno que venir de su propia naturaleza. De nada vale decirle a nadie algo que no siente y no puede entender. Si ahora te escribo como lo hago es porque tu propio silencio y comportamiento durante mi larga prisión lo han hecho necesario. Además, de tal modo salieron las cosas que el golpe sólo me alcanzó a mí. Eso me agradó. Por muchas razones aceptaba sufrir, aunque siempre hubiera a mis ojos, cuando te miraba, algo no poco despreciable en tu completa y testaruda ceguera. Recuerdo que me enseñaste rebosante de orgullo una carta sobre mí que habías publicado en uno de los periódicos populacheros. Era un escrito muy prudente, moderado, vulgar incluso. Apelabas al «sentido inglés de la equidad», o algo así de horrendo, en favor de «un hombre caído». Era el tipo de carta que podrías haber escrito si se hubiera presentado una acusación dolorosa contra alguna persona respetable a la que personalmente no conocieras de nada. Pero a ti te parecía una carta maravillosa. La veías como una demostración de caballerosidad casi quijotesca. Estoy enterado de que escribiste otras cartas a otros periódicos, que no las publicaron. Pero eran únicamente para decir que odiabas a tu padre. A nadie le importaba que le odiaras o no. El Odio, aún tienes que aprenderlo, es, intelectualmente considerado, la Negación Eterna. Considerado desde el punto de vista de las emociones
Yosajandy MA
Yosajandy MAcompartió una citahace 4 meses
Negar las propias experiencias es poner una mentira en los labios de la propia vida.
motivo es un propósito intelectual.
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