Ingrid Desjours

Ojos de muñeca

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    La joven, incrédula, se da cuenta de que tiene a su bebé en brazos.

    Este niño, este retoño que apareció de no se sabe dónde y que ella nunca ha sabido explicar su concepción. ¿Será el hijo de ese tío? ¿El hijo de la violación y de la vergüenza? ¿Un parásito infecto que un cabrón le ha metido a la fuerza en el vientre?

    Ahora lo sabe, ahora se acuerda.

    Asqueada, lanza con violencia al niño contra el suelo y grita como un animal rabioso.
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    Ha sido usted quien ha hecho esto?

    —Sí.

    Hace una señal a su colega para que escriba que la sospechosa ha admitido los hechos.

    —¿Por qué?

    —No lo sé —contesta ella con una voz sin matices.

    —¿Por qué?

    —Porque necesitaba dinero, supongo.

    —¿Supone?

    Marc ha levantado la voz. Ella se sobresalta.

    —Sí. Necesitaba dinero.

    —¿Y qué hace con el dinero que les ha robado?

    —Compro perfume
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    —¿Reconoce usted a estos hombres? —pregunta el capitán mientras le enseña las fotos de las víctimas.

    Ella se inclina sobre las fotografías, las mira detenidamente y niega con la cabeza.

    —¿Por qué me hablas de usted?

    —¿Y estos? —pregunta él.

    Son los mismos, con los ojos reventados. Barbara mira y se gira de espaldas como si el verlos le quemara la retina.

    —…

    —¿Los reconoce? —insiste Marc.

    —Sí
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    Barbara vuelve a verse lanzando al bebé contra el suelo en su sueño. ¿Es posible que…?

    —¡Oh, no! ¡Mi bebé! ¡No me digas que te he lastimado!

    Se lanza sobre el pequeño y lo coge en brazos, pega una oreja contra su pecho para cerciorarse de que su corazón sigue latiendo.

    —Oh, mi amor, mi amor —murmura ella mientras lo mece
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    La joven tiene ganas de vomitar. Da un paso para ir al cuarto de baño, pero su pie tropieza con algo. Baja la cabeza lentamente, como si presintiera hasta qué punto los sueños se parecen a la realidad. Y descubre el cuerpo yacente de su bebé en el suelo.

    —¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío
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    Pasan otros cinco minutos para que pueda asimilar todos los recuerdos que se agolpan.

    Está de pie en su habitación, con aspecto enloquecido y los brazos colgando. En su cabeza, la voz de Sweet Doriane le repite que tiene que deshacerse de los pesos muertos de su vida para conseguir su ideal. Una voz que parece que no se va a callar nunca.
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    Cuando se despierta, Barbara sigue gritando y necesita cinco minutos para darse cuenta de que ha tenido una pesadilla. Pasan otros cinco minutos
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    Me tropecé con ella hace unos meses. Nunca olvido una cara. Entonces fui a los sitios en los que estuve y enseñe las fotos a los comerciantes de los alrededores. Fue la señora Aline Thorp, dueña de una tienda de muñecas de porcelana, quien la reconoció. Según ella, nuestra clienta está completamente chiflada. Se divierte destruyendo las muñecas que compra. Una manera de ensayar antes de pasar a la acción con víctimas humanas
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    Ya es hora de que entienda que esta relación no puede seguir así, basada en el odio. Por lo tanto, ahora es ella la que va a instaurar un régimen de terror, no vacilará.

    Barbara necesita sentirse querida. Por su hijo, por su madre, por un hombre. Y ese amor lo conseguirá aunque sea a la fuerza
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    Por favor, cariño, ayúdame a levantarme!

    —No soy tu cariño y no lo he sido nunca. Arréglatelas como puedas.

    —Estás loca —grita la vieja, atragantándose—. ¡Loca perdida, mi pobre hija!

    Los insultos de la madre le desgarran el corazón hasta hacerla llorar, pero no claudicará
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    Esta vez Barbara no va a someterse. Sweet Doriane tiene razón. Los tiempos de la tiranía han terminado. Coge impulso y le da una bofetada tan fuerte que el impacto lanza a su madre contra el suelo. Su cabeza choca contra la mesita.

    —¡Nunca más vuelvas a levantarme la mano! —espeta la joven—. Porque te la devolveré con creces
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    Cree que está en París?

    —Es una certeza. Estoy convencido de que vive a seis paradas de metro, como máximo, de los hoteles donde opera. No creo que le guste estar mucho tiempo expuesta al mundo exterior. Va a lo rápido
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    —Por ejemplo. Vamos a examinar todas las denuncias de menos de dos años. El trauma también podría haber surgido por el nacimiento de un niño. Un parto es violento psicológicamente cuando la mujer es frágil y puede desencadenar una conducta psicótica. Comprobaremos en las maternidades si alguna joven recién parida ha manifestado comportamientos preocupantes.
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    vergüenza como para denunciarla. Como su estado no era lo suficientemente grave como para acudir a los servicios sanitarios, nunca sabremos de ellos
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    Capitán, ¿por qué dice víctimas «conocidas»? ¿Cree que hay otras? Lo sabríamos, ¿no?

    —No creo que ella esté ensayando. No se sacan los ojos de un hombre de un día para otro sin que haya existido una violencia gradual. Debió de empezar acostándose solamente con sus primeras víctimas, con el fin de sacarles un poco de dinero y tener ascendencia sobre ellos. Pero muy pronto eso no fue suficiente. Seguramente zurró a más de uno, pero esos debieron pasar demasiada
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    Tienen las víctimas algún punto en común? —pregunta un oficial.

    —Rondan la cincuentena y tienen poder o, según el psiquiatra, representan de algún modo una especie de autoridad
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    La sospechosa se hace pasar por prostituta. Cenan juntos, suben a la habitación reservada por el hombre. Ella le hace una mamada, lo ata y, bajo tortura, le exige el PIN de su tarjeta. En los tres casos les ha sacado los ojos y les ha amenazado con caparlos
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    Desde hace días, Barbara vive con el temor a ser descubierta. Efectivamente, si hasta ahora ningún hombre se había atrevido a poner una denuncia contra ella, hay alguien que podría estropearle sus planes de emancipación: Raoul
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    —¿Culpa mía? No lo creo. Nunca has necesitado a nadie para ser mala.

    —¡Jamás hice nada malo a nadie antes de conocerte!

    —¿Estás segura, Barbara? Yo no estaba contigo el día que estuviste a punto de matar a la pequeña Caroline. ¡No me digas que lo has olvidado!

    —¿Cómo sabes eso? Pasó hace quince años.

    —Yo lo sé todo. ¿Has olvidado que soy parte de ti?

    —¡No! ¡Tú eres un monstruo
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    Percolès coge el teléfono y llama a la científica.

    —Hola, ¿cómo va el análisis de ADN? Vale. Daos prisa. Quiero saber si es un hombre o una mujer y si está fichada. ¿Lo has entendido? ¡Sí, es urgente! ¿Por qué? Porque no es la primera vez que esta puta bigotuda hace de las suyas, está más segura y no se parará aquí. Puede empezar a matar más pronto que tarde
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