La presencia real de la hostia, que desmenucé con la lengua porque se me había quedado pegada al paladar el día de mi primera comunión, y entonces creí que había cometido pecado mortal, agravando mensualmente mi negrura por el terror a revelar esa falta en confesión, y desembocando así, de comunión indebida en comunión indebida, en la certeza de mi condena eterna.